miércoles, 27 de octubre de 2010

Philip KerrEl deseo de fama instantánea actual destruirá la cultura´


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Philip Kerr
´El deseo de fama instantánea actual destruirá la cultura´


Philip Kerr, ayer, en el Octubre Centre de Cultura. ferran montenegro
Novelista. Es escocés, pero no ejerce. Su serie de novela negra ambientada en la Alemania postnazi ("Berlín Noir") le ha revelado como un grande del género. Estuvo ayer en Valencia para inaugurar la Setmana dels Octubre, que dedica uno de sus congresos a una narrativa de moda y que cada vez es menos subliteratura.

ALFONS GARCIA VALENCIA Tras la jornada inaugural celebrada en la tarde ayer, marcada por la conferencia del escritor escocés Philip Kerr, los tres congresos de esta edición de los Premis Octubre inician hoy su andadura normal.
En el dedicado a Mujeres y Naciones, destaca la presencia de la escritora saharaui Zahra El Hasnaui, que dedicará su ponencia a la situación actual, pero también al pasado y futuro de las mujeres del Sáhara. También se ofrecerá el documental "Lalia", tras el cual se abrirá un debate en compañía de su directora, la también actriz Silvia Montón.
El Encuentro de Escritores, titulado "Novela negra, novela social" contará hoy con las intervenciones más teóricas del escritor y periodista Carles Quilez y de Àlex Martín Escribà, ensayista y director del Congreso de Novela y Cine Negro de la Universidad de Salamanca. Por la tarde pasarán por el Octubre Centre de Cultura Contemporània los autores Ferran Torrent, Joan M. Oleaque, Jaume Benavente y Andreu Martín, entre otros.
El XIX Congresos de Medios de Comunicación, dedicado este año a "Nuevos medios y nuevas prácticas. Juventud, información y comunicación" analizará el consumo informativo de los jóvenes, su dieta mediática, a través de diversas conferencias. Además, esta tarde tendrá lugar el Bar de Ciencias titulado "La ciencia de la cocina y la cocina de las ciencias", con la participación del profesor Claudi Manso y el colaborador de Levante-EMV Emili Piera, entre otros. levante-emv valencia

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¿Tiene un plan claro para su detective Bernie Gunther?
Ninguno. ¡No soy J. K. Rowling!Empecé haciendo una trilogía y luego tomé un descanso. No quiero hacer toda la vida lo mismo. Quiero escribir otras cosas.
¿Fuera del género negro?
Sí. Tengo todo el derecho, aunque a estas alturas casi nadie me lo concede. Los editores son muy conservadores. Me gustaría hacer libros como Stanley Kubrik hacía películas, que podía rodar 2001 y La naranja mecánica.
¿Su novela negra es una excusa para reflexionar sobre la mentalidad y la sociedad nazi?
Exacto. No pretendía escribir una serie negra, quería hacerlo sobre aquel momento. Tuve que realizar mucha investigación y hacer como de detective y pensé que era una buena manera de presentar la historia.
¿Cree que el éxito está en el pasado atormentado de su protagonista, ex militar nazi?
Un personaje siempre es más atractivo si tiene esqueletos en el armario. Los personajes con dilemas morales son los más interesantes. Para mí es una manera de explorar en cómo era un alemán ordinario en aquella época y de preguntarme qué hubiera hecho yo. A un escritor se le presupone que estaría en la izquierda, pero luego están las circunstancias personales (la familia, el trabajo, ya sabe) y a lo mejor el resultado es que no te hubiera interesado ser comunista.
¿Por eso sus novelas tienen un componente importante de reflexión casi filosófica?
Cada vez me gusta complicarle más la vida al personaje, ponerlo con gente más horrible y entre decisiones más difíciles. Se dice que aquellos criminales eran monstruos o animales, pero no, eran seres humanos. Diciendo esto lo que hacemos es minimizar los hechos y no sentirnos responsables.
No tiene muy buena opinión de la gente de leyes...
Soy abogado y he llegado a la conclusión de que todos son basura.
¿En general?
En general, sí. Algunos de los que comandaban los escuadrones de la muerte eran jueces. Hicieron una ley que legalizaba este hecho y permitía a la gente aparcar la conciencia para poder asesinar. En general, en Europa hay demasiadas leyes, parlamentos y gobiernos. Si no estuviera tan rota no sería necesario.
Volviendo a la literatura, ¿por qué persiste el prejuicio de subliteratura para el género negro?
BuenoÉ Hay mucho esnobismo y celos en el mundo de los libros. La gente compra novela negra porque tiene apetito de historias . Mucho de lo que se hace en el Reino Unido es literatura de estilo, en la que el autor demuestra lo bueno que es, pero no hay historia detrás que enganche.
Vamos, que en la literatura "seria", digamos, se mira mucho el ombligo...
Sí. Los escritores que se toman su trabajo muy en serio van con un aura, son demasiado pomposos. Hay autores de novela negra que también caen en eso. Están muy orgullosos de cómo la novela negra refleja la sociedad y eso es una chorrada, simplemente cuenta una historia, y a la gente le gusta que sea así, sin tantas pretensiones. Mi aspiración sería una novela negra más literaria, con algo más de nivel. Ahora incluso tienen blogs para volcar todas sus opiniones, pero nuestras opiniones no son más importantes que las de los demás.
El mundo literario sí que se cree esa aureola. Sería impensable un Nobel para un autor de novela negra, ¿no?
Es cierto, pero algo está cambiando. Los editores se dan cuenta de que la literatura considerada buena no vende y sí la negra.
¿En qué parte del mundo se sitúa: pro o anti Larsson?
No he leído a Stieg Larsson.
Será el único en Europa...
Realmente no leo muchas novelas. Pero estoy feliz con el fenómeno Larsson o con el éxito de Rowling o Brown. Es bueno, porque permite a los editores comprar libros de otros autores que no venden tanto. Lo terrible son los libros de famosos, como entrenadores, futbolistas o políticos.
¿Lo dice por el de Tony Blair?
Es mierda bizarra.
No se corte.
Los editores los compran, pagan una millonada y luego venden cuatro ejemplares. Como el de Wayne Rooney. Tiene 24 años, es feo y estúpido. Lo único que hace es jugar al fútbol y eso no se traduce bien en una página. Lo mismo que hunde el libro destruye también la televisión o los periódicos: el deseo actual de fama instantánea destruirá la cultura.
¿Por qué no han llegado sus novelas al cine? ¿Se opone?
Vendí los derechos, pero por motivos que ignoro ninguna se ha llevado al cine. Estuve en junio en Hollywood con un guión, pero me dijeron que no. Buscan el gran taquillazo, pero no buenos guiones. Como en los libros, nadie sabe qué va a funcionar y nadie confía en su gusto. Se ha perdido la confianza. Estoy feliz de que Bernie no sea personaje de cine, así no lo pueden fastidiar.

domingo, 17 de octubre de 2010

La izquierda y Vargas Llosa

TRIBUNA: JAVIER CERCAS
JAVIER CERCAS 17/10/2010


Ahora que han pasado unos días desde la concesión del Nobel a Mario Vargas Llosa ya podemos decir lo obvio: el premio tiene la importancia que tiene, pero nada más. Nada más, claro está, para la obra de Vargas Llosa, a la que ni quita ni añade una coma, no quizá para sus lectores ni para la Academia Sueca, que a juicio de muchos lo necesitaba con urgencia: al fin y al cabo, desde el punto de vista estrictamente literario este premio solo es, como ha dicho Rodrigo Fresán, un retorno a la cordura. Así que, aunque el Nobel no cambie en nada lo esencial, al menos hay que celebrar ese retorno; un retorno que, además, ha provocado interesantes efectos secundarios. Por ejemplo, la alegría indisimulable de los lectores corrientes de Vargas Llosa, muchos de los cuales parecían recién salidos del armario tras un largo encierro: de hecho, a ratos daba la impresión de que a todos les hubieran dado el premio, y de que para ellos sí era importante. No es algo tan frecuente, desde luego; no es algo que yo notara por ejemplo cuando se le conceció el Nobel a Cela, cosa que puede deberse solo a que los méritos literarios de Cela no son equiparables a los de Vargas Llosa, y no necesariamente a que esos lectores sintieran que Cela era un hombre opuesto a Vargas Llosa en casi todo, pero sobre todo en esto: aunque casi siempre pareció nadar contra corriente, Cela siempre o casi siempre nadó a favor de la corriente. Ese es otro de los efectos secundarios que ha tenido el premio: ha mostrado de nuevo que, aunque a algunos les parezca que nada a favor de la corriente, Vargas Llosa siempre o casi siempre ha nadado contra corriente.
Es un intelectual ejemplar. Siempre ha servido a las causas que defiende y nunca se ha servido de ellas
Uno de los comentarios que más hemos leído estos días en los periódicos a propósito del nuevo Nobel ha sido el siguiente: "Admiro sus obras, pero no siempre comparto sus ideas". Dicha así, la frase es extraña, o a mí me lo parece: si ni siquiera comparto siempre mis propias ideas, ¿cómo voy a compartir siempre las de otra persona? Pero en el fondo todos sabemos que la salvedad alude a algo distinto: al hecho de que Vargas Llosa es considerado, en tanto que intelectual -es decir, en tanto que escritor que interviene con sus escritos en la cosa pública-, como un conservador, como un hombre de derechas, si no como un reaccionario o como un autoritario. La prueba es que los matices a su premio siempre los ha puesto la izquierda, mientras que la derecha lo ha recibido como un premio a uno de los suyos; mejor prueba aún es el hecho de que esa reputación es la causa más probable de que la Academia Sueca solo le haya dado este año un premio que merecía desde hace 30.
Pues bien, lo que habría que decir de entrada sobre este asunto es que, seao no un intelectual de derechas, Vargas Llosa es un intelectual singular. Primero porque siempre ha servido a las causas que defiende y nunca se ha servido de ellas. Segundo porque siempre está dispuesto a contrastar sus ideas con la realidad y, si la realidad lo exige, a rectificarlas.
Tercero porque en su evolución política desde las simpatías revolucionarias de su juventud hasta el liberalismo actual hay una coherencia profunda, como comprobará quien se dé el gusto de leer los volúmenes sucesivos de Contra viento y marea, donde entre otras cosas hallará una descripción razonada de esa trayectoria y, por ahí, un instrumento indispensable para entender la vida intelectual de los últimos años.
Y cuarto -esto es un corolario de lo anterior, y quizá también lo más importante- por una cuestión digamos de estilo. Como pensador, como polemista, Vargas Llosa es un liberal de verdad: nunca confunde, según diría Alejandro Rossi, un error intelectual con un error moral; es decir, nunca ataca a las personas sino a las ideas de las personas -nunca considera que un hombre equivocado es un hombre inmoral-; y, cuando ataca las ideas, nunca lo hace caricaturizándolas, es decir debilitándolas, lo que en un pensador es síntoma de intolerancia y de impotencia, cuando no de vileza, sino exponiéndolas con la máxima fuerza, rigor y nitidez para luego lanzarse a refutarlas en buena lid y en campo abierto. Esto no es de derechas ni de izquierdas, ni reaccionario ni progresista: esto es algo que está mucho antes que todo eso y se llama honestidad y coraje.
Pero hay más. El mejor artículo sobre Vargas Llosa que he leído tras la concesión del Nobel apareció en este periódico y lo firmó Juan Gabriel Vásquez, que no en vano es un heredero legítimo de Vargas Llosa (háganse un favor y compruébenlo leyendo su novela Los informantes). El artículo se titula El malentendido Vargas Llosa y, como corre el riesgo de haber quedado enterrado entre la hojarasca que hemos publicado otros, me permitiré recordar su contenido. Vásquez sostiene que solo quien no ha leído a Vargas Llosa o lo ha leído con anteojeras puede afirmar que es un intelectual de derechas o conservador, no digamos reaccionario o autoritario, porque la verdad es que "pocos como Vargas Llosa han defendido las ideas que la mejor izquierda ha reclamado tradicionalmente para sí".
No solo lo ha hecho en sus novelas, furiosos alegatos contra el fanatismo, contra el autoritarismo, contra el militarismo, sobre todo contra los abusos del poder; también lo ha hecho en sus ensayos y artículos, donde ha defendido la libertad individual, el derecho al aborto, la igualdad para los homosexuales, la legalización de la droga y donde ha atacado el nacionalismo de cualquier especie (y no solo, paisanos catalanes, el nacionalismo catalán).
Por supuesto, no todas las ideas de Vargas Llosa -y en particular su liberalismo económico, por cierto menos radical y desde luego mucho menos ingenuo y más elaborado de como lo pintan sus detractores- parecen inmediatamente útiles o aceptables para la izquierda; pero lo que me parece seguro es que es imposible que la izquierda salga del atasco ideológico y la consiguiente parálisis práctica en que lleva mucho tiempo metida si no es capaz de discutir con seriedad ideas como las de Vargas Llosa, si no deja de demonizarlas sin esforzarse en entenderlas, si no olvida sus nostalgias autoritarias y su complacencia con tiranías y nacionalismos, si no acepta sin resignación que no hay justicia sin libertad y no entiende con entusiasmo que la democracia debe conseguir que libertad y justicia, esas dos verdades contradictorias -por usar la expresión de Isaiah Berlin que aprendimos en Vargas Llosa-, acaben conviviendo con armonía.
Regalarle Vargas Llosa a la derecha es un pésimo negocio para la izquierda, igual que fue un pésimo negocio regalarles Orwell y Camus, que nunca quisieron saber nada de la derecha.
De ahí, me parece, vienen muchos de los males del pensamiento de la izquierda: de su sectarismo, de su rigidez, de su miedo a salirse del camino trillado, de su miedo a afrontar la realidad como es para cambiarla, de su miedo a la izquierda autoritaria, obsoleta, fracasada y cerril que parece la mala conciencia de la mejor izquierda.
En cuanto a mí, solo diré que si la izquierda no es capaz de atender a las razones de Vargas Llosa y hacer suyo lo que tiene de izquierdista -igual que si no es capaz de hacer suyo lo que tienen de izquierdistas Orwell y Camus-, que empiece a pensar en borrarme de la lista.
Javier Cercas es escritor.

sábado, 16 de octubre de 2010

Cinco notas conjeturales ,Vargas Llosa y Camus

JUAN GABRIEL VÁSQUEZ 16/10/2010


Los premios Nobel Mario Vargas Llosa y Albert Camus tienen algo de almas gemelas. Los malentendidos por sus ideas políticas o el refugio en la literatura frente a las carencias del mundo son ejemplos de sus analogías.
A la realidad le gustan las simetrías, se lee en un cuento de Borges, y es sin duda por eso que Vargas Llosa ha recibido el Nobel en el mismo año redondo en que los lectores de Camus conmemoramos los cincuenta años de su muerte. Vargas Llosa y Camus tienen algo de almas gemelas, o de vidas, si no paralelas, por lo menos análogas. ¿Quién le iba a decir esto al sartrecillo valiente? Algún día escribiré algo serio al respecto. Mientras ese día llega, he tomado algunas notas.

Mario Vargas Llosa
A FONDO
Nacimiento:
28-03-1936
Lugar:
Arequipa
La noticia en otros webs
webs en español
en otros idiomas
1 No me sorprende encontrar el nombre de Camus en las páginas de Sables y utopías, esa especie de retrato del intelectual público a través de sus textos. Cuando piensan en Vargas Llosa, sus lectores suelen pensar en Sartre: la idea de que las palabras son actos deslumbró a Vargas Llosa en su juventud y moldeó buena parte de su concepción de la literatura. Pero es la trayectoria de Camus, el hombre de izquierdas decepcionado por la izquierda totalitarista y violenta, y no la del existencialista dogmático, la que tiene más de un punto en común con la de Vargas Llosa. No llegan al mismo lugar, es cierto, pero sufren los mismos malentendidos, soportan los mismos ataques, deben enfrentar los mismos intentos de secuestro intelectual por parte del enemigo. En un discurso pronunciado en 1978, Vargas Llosa recuerda o parafrasea a Camus: "La única moral capaz de hacer el mundo vivible es aquella que esté dispuesta a sacrificar las ideas todas las veces que ellas entren en colisión con la vida, aunque sea la de una sola persona humana, porque ésta será siempre infinitamente más valiosa que las ideas". Vargas Llosa no dice de dónde viene la paráfrasis, así que me pongo a buscar argumentos semejantes en El hombre rebelde. Los encuentro, y en varias páginas; y entonces encuentro también otras cosas.
2 En la cuarta parte de El hombre rebelde, que Camus titula "Revuelta y arte", leo una cita de Nietzsche: "Ningún artista tolera lo real". Y luego la glosa de Camus: "La creación es exigencia de unidad y rechazo del mundo. Pero rechaza el mundo por causa de lo que le falta y en nombre de lo que, a veces, el mundo es". La creación artística como manera de subsanar las carencias del mundo: eso lo he leído antes y en varios ensayos o conferencias de Vargas Llosa. En el epílogo de La verdad de las mentiras leo que "toda buena literatura es un cuestionamiento radical del mundo en que vivimos", y también que la literatura "es un refugio para aquel al que sobra o falta algo, en la vida, para no ser infeliz, para no sentirse incompleto", y también que la mejor contribución de la literatura al progreso humano es "recordarnos que el mundo está mal hecho". El novelista que es Vargas Llosa siempre ha aspirado a compensar, mediante los poderes de la ficción, los defectos de la realidad; Camus, por su parte, dice: "El artista rehace el mundo por su cuenta".
Esto me hubiera bastado para imaginar a Vargas Llosa leyendo El hombre rebelde y derivando de allí buena parte de su visión literaria. Pero entonces me encuentro con este párrafo:
Un crítico católico ha escrito: "El arte, sea cual sea su objetivo, entra siempre en culpable competencia con Dios". Es más justo, en efecto, hablar de competencia con Dios, a propósito de la novela, que de competencia con el estado civil. Thibaudet expresaba una idea parecida cuando decía, a propósito de Balzac: "La comedia humana es la imitación de Dios padre". El esfuerzo de la gran literatura parece ser el de crear universos cerrados.
No me parece una especulación demasiado grosera ver en estas líneas, y en otras de ese capítulo de El hombre rebelde, el origen mediato de una de las teorías que soportan la obra literaria de Mario Vargas Llosa: el novelista como deicida.
3 En 1970, Vargas Llosa contestó a unas preguntas de la revista El Urogallo con palabras que no hubieran desentonado en el ensayo de Camus:
Esta representación desinteresada de la realidad humana que expresa el mundo en la medida que lo niega, que rehace deshaciendo, este deicidio sutil que entendemos por novela y que es perpetrado por un hombre que hace las veces de suplantador de Dios, nació en Occidente, en la alta Edad Media, cuando moría la fe y la razón humana iba a reemplazar a Dios como instrumento de comprensión de la vida y como principio rector para el gobierno de la sociedad. Occidente es la única civilización que ha matado a sus dioses sin sustituirlos por otros, ha escrito Malraux: la aparición de la novela, ese deicidio, y del novelista, ese suplantador de Dios, es el resultado de ese crimen.
Confrontar este pasaje con El hombre rebelde: "Religión o crimen, todo esfuerzo humano obedece, finalmente, a este deseo irracional y pretende dar a la vida la forma que ella no tiene. El mismo movimiento, que puede llevar a la adoración del cielo o a la destrucción del hombre, lleva también a la creación novelesca". Pocas páginas después, Camus se refiere a Proust. Le Temps retrouvé, dice Camus, es la eternidad sin dios. Proust, dice Camus, "ha demostrado que el arte novelesco rehace la creación misma, tal como ella nos ha sido impuesta y tal como la rechazamos".
4 Imaginar a Vargas Llosa en aquella buhardilla del Hotel Wetter. Imaginar que lee El hombre rebelde; imaginar que anota palabras clave para la construcción de una poética, palabras como creación, rehace, rechaza, religión, crimen, creación novelesca. Imaginar que tiene en mente a Camus (o ha olvidado que lo tuvo en mente) al contestar a las preguntas de El Urogallo en 1970 y, finalmente, al escribir el libro que da forma concreta a la idea del novelista como suplantador de Dios: Historia de un deicidio.
Allí se lee esto: "Escribir novelas es un acto de rebelión contra la realidad, contra Dios, contra la creación de Dios que es la realidad".
5 Una mañana de principios de 1958, Camus, que por esos días dirige la reposición de una de sus obras de teatro, sale a la calle junto con la actriz María Casares. Un joven peruano de veintiún años se le acerca, le dice en un francés todavía torpe que lo admira, le entrega una revista. Camus, nieto de españoles, le contesta al joven en su lengua.
Camus muere dos años después, justo cuando Vargas Llosa llega a instalarse a París.

Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) es autor de las novelas Los informantes (Alfaguara y Punto de Lectura) e Historia secreta de Costaguana (Alfaguara), entre otros libros.>>

jueves, 14 de octubre de 2010

Vargas Llosa: conciencia de nuestro tiempo

TRIBUNA: ENRIQUE KRAUZE
El premio Nobel ha librado una de las más notables batallas intelectuales de la historia latinoamericana. Su liberalismo es el fundacional: republicano, democrático y federal, nunca indiferente a los desheredados.

El Premio Nobel otorgado a Mario Vargas Llosa es un acto de justicia con la literatura y con la libertad, palabras inseparables como sabía muy bien ese remoto maestro de Vargas Llosa que fue Isaiah Berlin. La obra de Berlin rescató y ponderó el papel liberador de la literatura en la tradición rusa. El escritor debía ser conciencia crítica de su tiempo y de su sociedad. En nuestro tiempo latinoamericano, en nuestra sociedad y nuestra lengua, nadie encarna ahora esa conciencia como Mario Vargas Llosa.


Caballeroso y atento, hay en su rostro un atisbo de melancolía frente a la necedad del mundo
En sus novelas y ensayos, nuestro continente aparece como el escenario de un drama terrible hecho no solo de pobreza, desigualdad y crimen, sino de corrientes mentales muy profundas y dogmatismos de toda índole que no son mero reflejo de las injustas estructuras económicas internas o externas, sino engendro directo de dictadores de derecha o izquierda, y obra colectiva de castas militares, políticas, religiosas, intelectuales, burocráticas. Estas elites han sido, para Vargas Llosa, el factor fundamental en la postración social y económica de la región. Ellas son el blanco profético de su obra.

Hay una poética editorial en la obra de Vargas Llosa, una alegre y zigzagueante energía creativa que va de los temas políticos y sociales a los eróticos y amorosos, y viceversa. En su vertiente central, su obra se finca en una indignación primigenia frente a las muchas caras de la opresión y el fanatismo del poder en América Latina: la infamia de los jefes y militares en sus primeras novelas, la injusticia social y la corrupción política en Conversación en La Catedral, los delirios religiosos en La guerra del fin del mundo, los fanatismos de la identidad racial en su extraordinario (y poco leído) libro de ensayos La utopía arcaica, el desdichado y cruento utopismo guerrillero en Historia de Mayta y, por supuesto, el caudillismo de Trujillo, ese paradigma del brutal dictador latinoamericano, en La Fiesta del Chivo. Pero no se trata -nunca se trata- de una literatura de tesis. Se trata de una alta recreación de esos extremos de la maldad y la miseria humana, escritos para revelarlos, para combatirlos, para exorcizarlos.

Pero está también la otra vertiente, la lúdica y erótica, la que ha hecho sonreír, gozar y sonrojar a mujeres y hombres en todos los idiomas. Vargas Llosa la ejerce -así parece- como un remanso de libertad para reponer el alma luego del esfuerzo de aquellas tremendas novelas libertarias. En Pantaleón y las visitadoras o Los cuadernos de don Rigoberto escapan sus otros demonios y duendes, sus sueños y ensueños amorosos. Son la otra cara, más risueña, de su permanente lucha por la libertad.

Esta América nuestra que nació en los albores del siglo XIX con un proyecto liberal (republicano, democrático, federal) desvió muy pronto su rumbo hacia la adopción esencialmente reaccionaria del orden antiguo (corporativo, jerárquico, dogmático, represivo y cerrado). Tiempo después, derivó hacia el alineamiento entusiasta -teñido casi siempre de populismo- con los regímenes totalitarios del siglo XX: fascistas o comunistas. En el tránsito perdió más de un siglo y medio, solo para redescubrir, hace apenas 20 años, que el proyecto original era el único deseable. Este reencuentro de América Latina con su ideario fundacional debe mucho, desde hace mucho, a la pluma de Vargas Llosa.

Contra viento y marea -como se titula su obra ensayística- Vargas Llosa ha librado una de las más notables batallas intelectuales de la historia latinoamericana. Tras su distanciamiento del régimen cubano -origen de su desencuentro con la anquilosada clerecía de izquierda en América Latina-, Vargas Llosa regresó, casi en la soledad y por cuenta propia, a la tradición liberal europea, inglesa y rusa. Sus adversarios han querido interpretar su liberalismo como una ideología indiferente a los desheredados. La imputación es enteramente falsa y la mejor prueba está en el desempeño de Chile, Brasil y hasta del propio Perú, donde un sano liberalismo económico acompañado de proyectos de responsabilidad social asequibles (apartados del populismo y del estatismo) ha desatado un progreso sustancial en el marco de la democracia. Ese ha sido, justamente, el modelo liberal que ha pregonado desde los años setenta, en textos y foros incontables, Mario Vargas Llosa.

Como sus homólogos en la literatura rusa, Vargas Llosa es ante todo un artista "comprometido", como se decía en los años cincuenta en el París que frecuentó. Pero su compromiso, mucho más afín a Camus que a Sartre, no consiente las abstracciones nebulosas ni la fácil y autocomplaciente "corrección política". Menos aún se pasma en el ejercicio narcisista del estilo. Su obra, rica en paradojas y contrastes, espejo de glorias y miserias, es un prodigio de convergencias: tiene la precisión, la armonía y el equilibrio clásico del siglo XVIII, el aliento romántico de las grandes novelas francesas o rusas del XIX y la voluntad (controlada) de experimentación del XX (la influencia admirablemente asimilada de Faulkner, por ejemplo).

Su pensamiento y su persona pública son inseparables del carácter político de sus novelas. La prueba está en su columna quincenal en EL PAÍS y en sus ensayos en las revistas Vuelta y Letras Libres. En el papel de reportero parece un cadete de la libertad. Se mete a menudo en las trincheras del mundo (Bagdad, Gaza, Congo, Haití, Darfur), da su testimonio y nunca ha temido ser impopular. La única voz que cuenta, lo lleve donde lo lleve, es la de su conciencia.

Con su triunfo triunfa la literatura en español (con la que la Academia Sueca ha tenido una deuda impagable). Después de Cela y Octavio Paz, pasaron largos 20 años. El Nobel le fue negado a Borges, y parecía vedado a Vargas Llosa. Al premiarlo, la Academia lo honra y se honra, recobrando el nivel de sus mejores galardonados. También triunfa la literatura latinoamericana y la peruana. El país trágico, profundo y variopinto del Inca Garcilaso, de Poman de Ayala, de Mariátegui y Vallejo, tiene por fin el Nobel que se merece. Y gana España, el hospitalario país que le abrió los brazos en momentos de incomprensión y desdicha.

El Premio llega en el mejor momento para América Latina. Aunque el caudillismo, el militarismo, el redentorismo revolucionario, el populismo, los nacionalismos obtusos, los fanatismos de la raza o la religión y el dogmatismo ideológico siguen presentes, desde hace 20 años el avance de la democracia entre nosotros es continuo. Vargas Llosa ha sido, después de Octavio Paz, su más firme defensor.

Premio al compromiso moral, a nuestra literatura y a nuestra lengua, a España, Perú y Latinoamérica, el Premio a Vargas Llosa tiene otra faceta de verdadera justicia poética. Me refiero al hombre que lo recibe. Quien lo conoce lo reconoce: persona caballerosa y atenta, trabajador incansable y disciplinado, hay en su rostro, detrás de la sonrisa, un atisbo de melancolía frente a la necedad del mundo y la certeza, plena en él, de la inexistencia de otro mundo. Lo que sí existe son los lazos humanos concretos, y existe la familia y la amistad. Por eso su premio debe mucho a su familia: a Patricia, su mujer, a sus hijos y a su numerosa prole de nietos.

Pero lo mejor de este reconocimiento está por venir: sus libros multiplicados como panes y la comunión de los lectores nuevos con dos palabras inseparables: literatura y libertad.


Enrique Krauze es escritor mexicano, director de la revista Letras Libres.

martes, 12 de octubre de 2010

“Mario Vargas Llosa y nosotros”

Beatriz Borregales


Martes, 12 de octubre de 2010


!!Crecimos juntos, Don Mario y estamos envejeciendo juntos¡¡


Cuando leí la primera novela de Mario Vargas Llosa, “La Ciudad y los Perros”, era muy joven; el escritor me daba una idea del mundo militar, recuerdo la escena de un soldado y una gallina. Me dejó marcada para siempre. Después me sumergí en “La Casa Verde¨, gocé un montón con “La Tía Julia y el Escribidor¨; “Pantaleón y las Visitadoras”; “La Fiesta del Chivo”…

A medida que salían publicadas, sus novelas eran leídas vorazmente, comentadas, se convertían en regalos de cumpleaños…navidades, día de las madres. Leíste la última de Vargas Llosa? ...Te la recomiendo. Categórica frase¡¡

No puedo dejar de mencionar ¨Las Travesuras de la Chica Mala” que me hizo reír hasta la hilaridad. ¡qué genial manejo de las palabras aunada a la fecunda imaginación, pues bien, los venezolanos somos lectores del peruano galardonado con el máximo Premio, el Nóbel de Literatura, por eso estos tres últimos días hemos celebrado por la Lengua de Cervantes, de Teresa de

Ávila; de Juan de la Cruz; de Miguel de Unamuno, por Latinoamérica por el Perú natal, pero por sobre lo lúdico, el significado político de este galardón.

No es Mario Vargas Llosa solamente un fecundo y brillante literato, es un extraordinario analista político, un defensor de los Derechos Humanos, de la causa de la Libertad y la Justicia Social en Latinoamérica. Don Mario tiene el mérito de venir de la izquierda, como lo hizo el Mejicano Octavio Paz, otro Premio Nóbel, aquella ilusión por las utopías, que luego se convierten en sus más serios críticos, una opción frontal a las dictaduras, sus críticas a las revoluciones, al nacionalismo, al racismo, a la corrupción, al autoritarismo.

Conoce al dedillo las realidades de cada país latinoamericano!

El 3 de octubre, horas antes del otorgamiento de tan honorable premio, le dedica a nuestro país tres cuartillas, en el diario madrileño El País un artículo titulado: “LA DERROTA DE CHÁVEZ”, en el cual analiza el resultado de las elecciones del 26S “...donde se muestra la creciente impopularidad del caudillo…quien presentó la consulta como un plebiscito en el que el pueblo venezolano debía legitimar torrencialmente su socialismo del siglo XXI… La ingeniería electoral de Chávez, con la complicidad de sus parlamentarios y del Poder Electoral, había enmendado la ley para dar una elefantiásica representación a las circunscripciones rurales, donde tenía un fuerte arraigo y encogerlas en las urbanas donde la oposición era mayoritaria.”

Hace gala Don Mario del seguimiento de nuestras torturas, con lo siguiente: ¨…esta vez no se atrevió a decir como en diciembre de 2007, cuando el pueblo venezolano rechazó su reforma constitucional que se trataba de una victoria de mierda…” Que tal?

Se esmera el Nóbel de Literatura en darnos pautas, que se crecen en lo planetario: ¨…Se reprocha a la oposición venezolana carecer de líderes, no tener al frente a figuras carismáticas que arrebaten a las masas... pero, cómo ¿todavía hay que creer en caudillos? ¿No han sido ellos los horripilantes payasos con las manos manchadas de sangre, embelecos inflados de vanidad por el servilismo y la adulación que los rodea, la razón de los peores desastres de América Latina y del mundo? La existencia de un caudillo carismático supone siempre la abdicación de la voluntad, del libre albedrío, del espíritu creador y la racionalidad de todo un pueblo ante un individuo al que se le reconoce como un ser superior...Eso queremos? Que venga un nuevo Chávez a librarnos de Chávez? Se avecina un período tenso, en el que una vez más, como hace dos siglos, se decidirá en TIERRA VENEZOLANA EL FUTURO DE LA LIBERTAD EN TODA AMERICA LATINA. (mayúsculas mías)

Gracias Don Mario por estudiarnos, darnos sus recomendaciones y sobre todo por creer en NOSOTROS.

viernes, 8 de octubre de 2010

Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura

Abel Ibarra



La noticia me sacudió a primeras horas de la mañana de este jueves y me cambió el libreto de la columna de esta semana, cuando escuché por televisión que Mario Vargas Llosa había ganado el Premio Nobel de Literatura.



Las Cábalas están ardientes de buenos augurios y, después de la emoción de haber comenzado a dar pasos acelerados para acabar con el autoritarismo que campea en Venezuela, celebro este acontecimiento como propio porque al fin se hizo justicia con uno de los creadores más lúcidos y prolíficos de nuestro tiempo, además de que resulta un homenaje a ese idioma que llevamos en la punta de la lengua para nombrar la vida que transcurre a la orilla de los días.



Con este premio, además del propio Vargas Llosa, gana también la Academia Sueca porque, luego de algunos desaguisados como haberle otorgado el Nobel de la Paz a una impostora como Rigoberta Menchú (que no es india, ni pobre, ni prócer) ha recuperado el sentido de la justicia esquivando el fetichismo que evitó, por ejemplo, haber desconocido el tenor literario de Jorge Luis Borges, autor de algunas de las obras que saltarán del Siglo XX, problemático y febril, con ímpetu mayor hacia los tiempos por venir.



Desde su primera novela, La ciudad y los perros, una trágica historia de adolescentes que transcurre entre las paredes del liceo militar “Leoncio Prado”, en el Perú, el don escritural, la crudeza de sus historias y la fuerza de su torrente imaginativo, han sido valores permanentes que encuentran un mayor desarrollo en novelas como La casa verde, con la cual ganó el premio “Rómulo Gallegos”, en Venezuela, en 1968, La guerra del fin del mundo, Pantaleón y las visitadoras, Conversación en la catedral y en el resto de una obra (bien pareja en sus hallazgos) que salta sin compasión entre géneros que van desde el encantamiento que deriva de su genio narrativo a la seducción que causan sus obras de teatro, hasta lograr uno de los mayores estallidos del pensamiento moderno, en la densidad lograda en sus ensayos con una maestría que da vértigo.



Y, como si esto fuera poco, uno de los valores que convierte a Mario Vargas Llosa en un portento de ser humano, es su lucha por la libertad y la condena a todos los regímenes despóticos que muestran su cara impunemente sobre la faz de la tierra.



Nuestros antepasados Mayas decían que había que nombrar nuestras cosas “para que nuestras cosas existieran” y Mario Vargas Llosa les siguió la corriente haciendo que nuestro español alumbre como estrella de lo cotidiano en todo el planeta.



¡Salud!, Don Mario Universal!

martes, 14 de septiembre de 2010

LA UNICA VOZ EN LA CAIDA

DE HECTOR MALAVE MATA A Igor Delgado Senior

Cuando se deja una hoja en el aguatiempo, al rato el tejido desaparece y las fibras se mecen lentamente como en el
movimiento del sueño.

William Faulkner
El sonido y la furia




No fue entonces el temblor del vértigo. Tampoco la carrera del viento con sus silbidos largos. Ni siquiera los soplos del temporal sobre el secano. Fue la voz musitada todo el tiempo en el encierro. O el secreto rumor de la caída. O aquello que Luz Rigores apenas pudo recordar cuando quiso volver la mirada hacia las cosas no muertas toda-vía. Como en la distancia de los sueños truncos. Cada vez que tuvo que rastrear en el letargo para acercarse a lo que ya quedaba demasiado lejos. Dormida como estuvo casi siempre. O despierta mientras quiso llorar con las palabras por pensar que jamás tuvo culpa y sin embargo recibió el castigo. Así vivió los días de la espera. Con los ojos cansados de tanto mirar malos recuerdos y de mucho columbrar en el sueño lo que no fue vida sino agonía interminable.
Todo comenzó aquella tarde cuando Luz Rigores divisó a Balbirio Ruano espe-rándola al final de un surco. Eso fue por los primeros días de la siembra. La brisa baja-ba indócil hasta las sementeras, cuando una bruma clara, cayendo desde la cumbre del lomerío, se abría con el corte de la ventolera. La mujer sonreía, y viéndola sonreír Bal-birio la tomó entre sus brazos para luego tenderla en la hojarasca tibia. Ella susurró con querencia unas palabras. Tras cada palabra sintió el golpe de la sangre contra el pe-cho. En seguida le aumentaron los latidos por dentro. Y aquel roce compartido del co-mienzo se fue tornando suave vaivén entre la carne virgen. Una última palabra de Luz Rigores. Con la boca encendida, con los ojos brillantes, como cuando el éxtasis co-mienza a encumbrar la embriaguez de los sentidos. Entornó luego los párpados, apretó los labios y sintió un estremecimiento en las entrañas. Amoroso fue entonces el rumor del viento de Rustanza.
Después fueron las náuseas, los delirios, la reciente esperanza pugnando contra el miedo. Apenas entre niebla la imagen de las cosas, borrosas sus propias pesadillas, turbia la figura del padre. Siguieron las molestias intermitentes de los síntomas. Iban y venían los sudores, los mareos, las palpitaciones, los dolores punzantes dentro de ella misma. Comprendió que una presencia inquieta le nacía entre su carne. Entonces más se aferró a la vida por saber que en su vientre crecía la raíz de otra vida. Y buscó a Balbirio. Sólo para decirle que llevaba su simiente en las entrañas. En eso anduvo has-ta sentir el cuerpo sobre la tierra como en el lomo de un animal cansío. Pero Balbirio no apareció más por aquellos lugares.
Así fue como el cuerpo de Luz Rigores se fue volviendo pleno. Se ablandaron sus muslos, se le juntaron pliegues ocres en la redondez de las caderas, le crecieron los pechos en el regazo donde el amor se espesa. Algo como zumo tibio le recorría las venas. El latir de la sangre fue templándole las manos, regándole una poca calentura en las turgencias. Y siguieron los días. Todos grises como nubarrones. Ella misma con otra vida encajada en su cuerpo. Vagó por los alrededores, oteó las nubes cargadas como vientres, lanzó cascajos en el agua del abrevadero. Hasta que por andar a solas con sus pensamientos se quedó sin fuerzas y el desmayo la tumbó sobre un montón de abrojos.
Así pudo haber sido. Como para que su padre, el mismo Rusco Rigores de tan-tos entreveros, al encontrarla en aquel trance, la reprendiera y luego la lanzara sobre la tierra removida. Es casi seguro que así hubiera ocurrido. Varias fueron las preguntas del padre. De la hija la única respuesta. De pronto la cara del hombre se plegó de mue-cas como las que preceden al desbordamiento de la ira. Ella lo vio sacudirse como animal bridado. Al punto fueron los golpes de zurriago, duros golpes detrás de los insul-tos, tan fuertes como azotazos de patrón malentraña. Y enseguida fue el grito abriendo brecha entre calcanapires y carrizos, hasta al cabo perderse en el vacío del aturdimien-to.
Lo que sucedió después fue todo aquello metido en la penumbra del cuarto. To-do lo que Luz estuvo imaginando desde que el padre la arrojó entre las cuatro paredes y cerró bruscamente la puerta dejando el eco de sus reniegos allá dentro. Cerrada co-mo quedó la puerta para la resignación y entreabierta para las maldiciones, con apenas un resquicio por donde escapaban los rebotes del llanto, o acaso los ruegos de la mujer en su emparedamiento. Penosas como fueron sus noches de tanto sentir los zarpazos en su sueño, de tanto ver en su sueño los ojos de Rusco Rigores, sesgados en bisojera torva, como atisbando con encono la traza de Balbirio Ruano.
Al comienzo fueron martillazos sobre la madera, palabras que clavaban la furia de Rusco en el travesaño de la puerta. Al mismo tiempo fueron el chirrido de los goz-nes y el ruido de la tranca. También el aire enrarecido, el olor a cuarto abandonado, el suelo frío. Las cosas necesarias para el castigo de tapiar en vida a la hija que el padre mal mentara. Después siguieron la voz de Rusco como zumbos de moscardones, las pisadas crujientes de sus botas, el asedio sin tregua. Y el miedo de la mujer encadena-do a los pasos golpeantes. Todo lo que fue posible para el ahogo silencioso y lento. Mudo el sofoco de cada día, de cada noche, por haber sido su vida cada vez menos vida o cada vez más muerte. O vida con algo menos tras cada instante de sus días, porque entre aquellos martillazos y las injurias que al padre se le alborotaban en la bo-ca, siempre estuvo el recuerdo rondando su tormento.
Entonces comenzó el hundimiento, el marasmo sin fondo. Pero Luz no renunció a su existencia mientras tuvo que velar su caída. Ni se atascó la soberbia de su padre porque él mismo se mantuvo a cuestas de su fiera índole, como animal cerril que gruñe en la borrasca. Y fue por voluntad del padre que sobrevino su derrumbe. Acaso ruina o despojo de mujer que fue toda trepidación bajo el deseo de un hombre que jamás co-noció su desgracia. Aquel Balbirio que anduvo sin viaje de regreso cuando el amor se deshizo en caminos, en lejanas andanzas sin retorno. O tal vez senderos por donde Luz nunca pudo encontrarlo porque entonces se le llenaba de barañas el sueño. Y la imagen de Balbirio se le apareció en sus extravíos cuando tuvo que recoger el dolor en su memoria. Y viéndolo a medialuz no pudo oír sus palabras ausentes. Y mientras ella lo veía, él contemplaba lo que podía ser el señuelo de su propio remordimiento,
En eso estuvo ella, a solas con sus palabras húmedas, hasta que los ojos de Balbirio se fueron convirtiendo en dos brasas redondas cada vez más distantes, nada más porque en la oscuridad siempre asomaba Rusco, el padre en constante acoso, sus pupilas en sesgo, sus rezongos sin sonido como los que se escuchan en los sueños sordos. La mujer quiso seguir los rastros de Balbirio para mostrarle el fruto de lo que fue su entrega. Pero la noche oscureció su rumbo. Y no era bueno el trayecto para la busca cuando tuvo que vivir entre sueños.
También la esperanza de Luz se fue acabando de tanto apretujarse entre sus pensamientos. Fue más pesada la carga de los días, más doloroso el escozor de la condena, como para que la pena se le hiciera una zozobra lenta y la vida se le desbara-tara en gajos de muerte cenceña. Fue ese el deseo del padre cuando le dio el castigo, queriendo así borrarle, como decía, todo vestigio de impureza. Pero si ella tuvo que afrontar la condena fue porque no quiso despertar alguna vez con el vagido de una vida rota. Y luchó por dar vida a otra vida. En ofrenda por dentro y en carencia por fuera. Hundida una criatura en su vientre y ella aterida en su sombra. Y su sombra fue aquella soledosa pena que le había dado el padre porque su preñez le causaba una afrenta. O el agravio que el padre no soportaba y todo el tiempo devolvía en escarnecimiento, pa-ra grima de su propia herencia o para humillación de la sangre que manaba en la con-duerma y salpicaba la indignación sin freno.
Y siguió en la caída a sabiendas que su tránsito se iba haciendo de greda resba-losa, o de tierra desmoronada bajo los aguaceros, o de lama arrastrada por aguas en creciente. Sin saber si aquello era la correntía de la vida misma o el rumor tapiado entre sus sueños, como aquél en que el padre, estrujándole el vientre, le gritaba que no tenía vientre sino una bolsa inflada de impureza, amarrada hacia abajo con hebras de co-yunda para que las culpas la pudrieran por dentro. Y le dijo que por eso no tendría hijo sino cría como los quirquinchos. Ella le respondía, desde el costado menos incierto del ensueño, que su vientre era el lugar donde anidaba el aura de una vida nueva. Y miró el rostro de Rusco convertido en máscara bermeja, con los ojos brotados como granos de fuego. El arrebato del padre estremeció la semilla sembrada en el claustro materno. Al momento la mujer sintió el golpe de zurriago contra el pecho para que allí se le junta-ra el resquemor con el abatimiento. Pero Rusco Rigores era hombre de sobrevientos, y por colérico despertaba lanzando pestes y maldiciones, con juramentos que plagaban los arrabales del infierno.
Mientras fue necesario la mujer siguió en medio de una marea oculta, o de un abismo sin fondo, o de un laberinto sin salida, porque fue terca la voluntad de no abrirle la puerta a la aflicción que le había dejado el desconsuelo. Muchas veces palpó su pre-ñez. Sintió cada vez más lleno el vientre, más hinchada la carne, más blanda la juntura de los muslos, el escalofrío plenando de temblores su desnudez más íntima. Y fueron sucesivos los días de sofoco, las noches en vigilia. Hasta que sintió las puntadas que vinieron de adentro. En ella misma como ramalazos. Comprendió que era aquella una señal recibida en justo momento, en anuncio de un ser que apremiaba la luz y buscaba la salida con natural impulso. El vástago pronto se desprendió de lo que lo sostuvo. La-cerante fue el pasaje del descenso. Un dolor agudo, más punzante que las desgarradu-ras de toda su existencia. Y en la turbación se movió el pequeño ser en sus entrañas.
Así comenzó el recorrido. Bajó entre las aguas que le dieron calor desde que fuera embrión apenas. Sin detenerse siguió por brecha libre, andó el cauce abierto en el desgarro de la carne. La mujer soportó el movimiento del fruto desprendido. Desde la matriz hasta el plexo que desemboca en la vertiente montesina del pubis. Las lágrimas le mojaron los ojos cuando no pudo mirar la humedad derramada, ni aquello que brotó como de nuez partida y rasgó su cuerpo como si en el carril que va del vientre al mundo se hubieran amontonado puntas de guijarros. Y la criatura surgió invicta en el trajín del alumbramiento.
No supo Luz cuando se abrió la puerta. Pudo haber oído en el umbral del desva-necimiento unas botas crujientes en el cuarto. O haber creído que eran trancos que recorrían las veredas ya estrechas de su sueño. Pasos con prisa, como soñados en un tiempo breve. O tras los gritos haber pensado que Rusco se llevaba a escondidas el llanto del recién nacido. Pero fue al despertar cuando vio la puerta trancada como siempre. Ella acostada en la estera sobre el suelo. Consigo solamente el olor a sangre derramada, la flojedad de brazos y rodillas, las manos con color de almagre. Pudo haber oído algo parecido al lloriqueo de un niño desnudo a la intemperie, amamantado con leche de la luna que jugaba en la parvulez de sus pestañas.
Al principio los gritos fueron cortantes como filos de esparto. Después se hicieron blandos y distantes a lo largo de una pendiente sin rellano. Y fue continuo el despeño porque Luz no encontró razón en detenerlo. Y por no contenerlo los sollozos del hijo se fueron prolongando, se tornaron lloros cada vez más lejanos hasta perderse en los ris-cos de los agostaderos. Pudo haber sucedido que el hijo se extraviara entre los cresto-nes de Rustanza, arrastrado quizás por el orgullo de quien vio en él la marca viva de la deshonra, y no encontrara lugar para el regreso porque alguien le cerró el camino, y se quedara con los ojos mirando el vuelo de los gavilanes bajo las crines plomizas de las nubes. O no haber regresado por haberse dormido, con los ojos abiertos para siempre dormidos, entre los retamales que crecen en lo más hondo de los desgalgaderos de Rustanza. Es de creer que así hubiera ocurrido. Pero Luz jamás lo supo porque no tuvo vista con que mirar otras sombras fuera de su cautiverio.
Desde entonces se hizo calma pesarosa lo que fue ansiedad de su espera. Su-cedieron las noches a los días en la bruma de su encrucijada. Entre días y noches se le alojó el desvelo o lo que fue inquietud metida en sus malos sueños. Y se detuvo dema-siado en desandar el trecho cuando un tiempo sin tropel ni prisa resbalaba también en su caída. Angosto y prolongado aquel derrumbamiento sin rastros ni sonidos, como anudado a la larga agonía desde que se fueron apagando las voces, los golpes de zu-rriago, el retumbo distante de los gritos. Y desfalleció después del alumbramiento para que la desgracia empotrara la agonía en su cuerpo consumido. Y la vida se le quedó sin nada, flotando en el vacío, sin voluntad con que arrancar las espinas clavadas para siempre en su vida. Marchita como quedó su vida por haberse engarzado la desdicha en los escombros que le dejó el castigo.
Aquello no fue bastante todavía. La fiebre le creció con tiritera a veces enervan-te, a veces apacible. Y lloró entonces como para que las lágrimas le enjuagaran la do-lencia, o tal vez el suplicio, o algo parecido al estrago que le causaba aquella pesa-dumbre. Y en cada noche el recuerdo la sorprendía mal dormida en el sueño por causa del trastorno que le daba la fiebre cuando en su cuerpo se amontonaban espasmos y dolores. Eso le bastaba para oír las palabras que ella imaginaba sin siquiera decirlas, o sin saber que las decía cuando le hablaba a Filpa Rigores, su madre difunta, con voces insonoras, como encerradas en la bóveda del pensamiento.
Dime, maita Filpa, ¿por qué no has venido a verme entre estas paredes que lo que hacen es darme sofocones? ¿Es que todo lo que ha de darse en estas tierras es para secarle las lágrimas al prójimo? ¿No puedes pedirle un poco de piedad a mi padre demontre, ni puedes aplacar su enojo y hacer que se sosiegue? ¿Por qué tanta fiereza contra mi desamparo? Eso tienes que decirle tan pronto como puedas ¿O es que acaso no traigo cuentas en tu mundo ni tengo para ti ninguna valedura?... Te pido que me oi-gas para que no digas que te molesto y canso cuando lo que quiero es recordarte las cosas que no quiero que olvides... Sólo espero que te repongas y levantes tu cuerpo del fondo de esa tierra dura. Te hablo para que dejes un poco ese descanso que nunca se te acaba. Ven cuanto antes sin esas demoranzas tuyas, para que veas a tu marido apestoso de rabia cuando me maldice y ni siquiera esconde lo que tu sabes que tiene de mal hombre. O para que me veas con ganas de salir de este secuestro y acostar mi cuerpo a la vera del tuyo. Allá donde la brisa ventea sobre el monte y le lleva silbos de duendes al silencio... No me preguntes lo que he vivido en este tiempo. Sabes que no es bueno contar lo que el recuerdo trae con quebrantos, si por lo mismo entiendes esta sofocación, este ardor en mis ojos apagados y secos, un poco más nublados que tus ojos dormidos. Todo el tiempo sintiendo la medrana metida en mis espantos porque mi padre siempre se baja del camastro armando broncas y bullangas, con rezongos que asustan a las propias ánimas del purgatorio, gritando que por mi culpa nunca ha levan-tado la cara sin sentirla sucia de vergüenza. Toda la vergüenza que se achica en la bo-ca de mi padre cuando se le atascan las insolencias en la lengua. Y bota por la boca el alboroto de su pendencia cuando grita que me ha dado el castigo para que me sirva de escarmiento. Búscalo y dile que ya es hora de que deje sus reyertas. Por lo que más quieras. En nombre del amor que no has podido darme por causa de tu ausencia.
Los días le apagaron el fogaje en el cuerpo, le abatieron los párpados, le bebie-ron el llanto. Tan sequizo su llanto como el que baja por las mejillas de los moribundos. Mustios quedaron sus ojos por tantas visiones en sus sueños magantos. Grande como fue su abismo, estrecha como fue su esperanza, en aquel tiempo tardo que nunca con-cluía, anclado en el légamo de lo que se había ido. Como los años de aquellos lugares terregosos que se llenaban de celajes cuando se alargaba el resol en la cuaresma. Allá donde el verano atrochaba con bulla de ventarrones. Más lejos de los derrumbaderos de Campeare, algo más allá de las cumbreras de Jaulagua, camino de Catuaro hacia Campoma, más cerca de Cundeamor que de Clamores, entre aquellos farallones col-mados de soflama, más cerca todavía del paraje donde la madre, en ruego a todos los santos y poderes, se persignaba con el aura del viento, rezaba sus oraciones sin pala-bras y elevaba sus preces insonoras hacia los cielos de Rustanza.
Luz oía el vuelo de la brisa en corriente quejumbrosa. Consigo sólo quedaba el murmu-rio de su voz cansina. Enronquecida como se había quedado a fuerza de clamar sus delirios. Era la voz acompañada por el resuello que languidecía. Sentía entonces que se le terminaban las palabras de tanto conversar con ella misma.
Maita Filpa, ven a buscarme. Asómate siquiera a la pesadilla de quien va dejan-do de ser la hija de un mal padre. Por lo que más quieras. Ven a sacarme de este cuar-to que por hondo parece socavón traído de los desgalgaderos de Rustanza. Eso no más te pido porque sé que es muy poco lo que puedes darme. No te asustes con los arrebujos del viento. A mi me gustan porque espantan los retumbos de mi padre. Aquí te espero para oír lo que debes decirme si alcanzas a decirme cómo poner mi tristeza cerca de la tuya. Si es que logras hallarme en la oscurana. Si es que puedes seguir el trote cansoso de las recuas. No olvides apartar las ortigas del camino. Pero pídele a Dios, o al santo aquel que guardabas en tu santuario de breñas, que empareje tus pa-sos con mis ganas. Y acuérdate que el camino es disparejo, así como yo he sido de suerte y desventura... Si vieras estos moscos grises rodeándome la cara. Si pudieras espantarlos para que veas estos nublos que empiezan a meterse en mis ojos. Parecen nubes que poco a poco se oscurecen. Y se hacen tan oscuras que pintan en tu cara unos lunares tristes... ¿Sabes, Filpa?, creo que estoy llorando, o más bien remedando tus lloros, porque ahora descubro esta manera mía de sollozar llevando tus palabras en mi llanto, y todavía me acuerdo que palabrando tú misma te secabas las lágrimas cuando no conseguías imploración que cruzarle a las canseras que te daba mi padre Rusco en sus arranques bruscos. Pero mi llanto es ahora calmo, con reposo. De otro modo no oyera esos sollozos tuyos...Vamos, comienza a rezar que ya es tiempo de de-cir oraciones como antes lo hacías. Empieza por la que habla de nuestro perdón a nuestros deudores. ¿Todavía te acuerdas de la oración aquella de la Alta Corona, o la de la Pureza de la Niebla, o la del Tránsito Eterno, o la del Rosario de los Afligidos? Cualquiera es buena para mi consuelo, si es que puedes consolarme ahora. O de aquella de la Santa Vestidura que bien sirve para que los ojos de mi padre no te vean, para que sus manos no te toquen, para que sus pies no te alcancen. O de esa que co-mienza y acaba ensartando rezos tristes que tú llamabas del Buen Morir o del Ultimo Ruego. Es la que más me gusta por su letanía de quejas y dolores. Por favor, dímela, que es buena para mis menesteres. Me figuro que los ruegos de los sueños alguna vez llegan al cielo... Estas cuatro paredes que me asfixian cuando más quiero oír tu voz colgada del silencio. Ya es hora de que vengas. Te pido que te apures porque ya es tiempo de terminar mi conversa en este último sueño... Ahora y en la hora...
Afuera el viento soplaba sobre los retamales. Luz Rigores se quedó al fin callada, in-móvil como estuvo, sin fuerzas con que decir una última palabra en la caída, oyendo resonar la plegaria distante de la madre. Sangre que se consume, aliento que se extin-gue, palabra que se acaba (...Ruega, Señor, por ella...). Un nudo de repente le apretó la garganta. Sintió algo como coágulo salobre debajo de la lengua. Una vez más trató de oír lo que hablaba la madre, sabiendo que Filpa conocía todos los atajos por donde trajinaba la muerte con sus malos remiendos. Bien como sabía Filpa lo que era perder el rumbo cuando no había otro rumbo por donde andar con un costal de abrojos. Y le habló a Luz con palabras hechas para la paz de la agonía. Tres veces beso la tierra con humilde devoción (...Ruega, Señor, por ella...). Le habló también con piedad y pro-videncia. Para que tu alma no se pierda ni muera sin confesión (...Ruega, Señor, por ella...). Pero Luz sólo oyó ecos de lejanía metidos en su sueño. Consumado su sueño en el eclipse de su cuerpo vencido.
La mujer sintió la mano de la madre que le palpaba el vientre. Y los dedos que resbalaban por sus ojos dormidos. Tanto tiempo con los ojos dormidos que había olvi-dado las estrellas del cielo. Quiso seguir entonces los pasos de la madre, aferrarse a sus rastros, rondar con ella los campos de Rustanza, detenerse con ella en la sombra terminal de aquella travesía. Y corrió en su busca cuando tuvo que abrir los ojos en la noche desierta. Pero siguió dormida. Y sintió que su sueño se le volvía cenizas, o polvo de túmulo deshecho, o niebla esparcida por cortejo del viento. De nuevo quiso empren-der la marcha. Pero por última vez la venció el sueño. Y no volvió a despertar porque soñó el recuerdo de una hebra de luz que alumbró sus dos pupilas muertas.

viernes, 20 de agosto de 2010

Los Derechos sobre la Propiedad Intelectual y su necesidad

Alejo Urdaneta


En la época turbulenta que nos ha tocado vivir a los venezolanos desde 1999, hasta hoy, nadie había puesto su atención o algún interés no confesado acerca de los llamados derechos de autor, o derechos sobre la propiedad intelectual, como los llaman en España y en otros países. Se tenía como algo necesario y que no afectaba, aparentemente, la estabilidad del gobierno; o, dicho de otro modo, era algo ajeno al quehacer político del país, pues quedaba reducido a un sector de la sociedad que se ocupa de la creación artística y pareciera no participar en los movimientos ambiciosos del ejercicio del poder del Estado.


Hace algunos meses hemos escuchado por boca de la Presidente de la Asamblea Nacional, que dentro del plan de la llamada reforma de la Constitución de 1999, debía incluirse un artículo o capítulo que proclamase la abolición de los derechos de los autores a ser reconocidos como tales, derechos subjetivos que incluyen el goce y disposición de los beneficios patrimoniales de la creación intelectual o artística, consagrados en las leyes de todo el mundo. Fue una proposición vaga, imprecisa e injustificada, pues no tiene el apoyo de razones jurídicas o de índole social, y se presentó como algo que vino sin aviso a la mente de alguien, para decir que también el derecho de propiedad intelectual debía regularse y limitarse. ¿Por qué? ¿Tiene algún beneficio o perjudica al receptor de las obras del ingenio el que se pague o no se pague al autor un derecho reconocido en todo el mundo? Los que adquieren un libro pagan su precio libremente, sin saber si el autor ha recibido algún estipendio por su labor intelectual, ya que muchas veces no reciben ninguna contraprestación económica. A la fijación del precio de un libro se llega sumando los costos de su producción y distribución, así como también el trabajo del autor. Lo mismo puede decirse de cualquier obra del espíritu: musical o de las artes plásticas.

Continuación:

El trabajo creativo o intelectual es igual al de cualquiera otra persona: exige preparación y esfuerzo, con una diferencia: a cambio de esos desvelos, el creador no recibe un salario porque no tiene patrono. La calidad de su obra determinará el triunfo del artista, y si fracasa socialmente, le quedará la satisfacción de habernos dejado algo que antes no estaba en el mundo. Las cafeteras azules y marrones de Alejandro Otero están allí porque el artista las creó; antes no existían. La novela de Rómulo Gallegos, Doña Bárbara, es única porque aunque haya otras que se le parezcan en forma o contenido, la creación gallegiana es personal y ha nacido de su espíritu libre. Picasso, Inocente Carreño, Rodin, Cabré, creadores en sus distintos mundos del arte, son únicos en sus obras. Si han logrado distinción y obtenido retribución económica de ellas, es algo merecido, puro y sin manchas de corrupción. Todo el arte se asienta en la libertad.
A los artistas la sociedad ha brindado admiración y apoyo, y hemos visto cómo los estados han subsidiado para que produzcan más y mejor, alejándolos del vacío de una rutina laboral o de la dependencia económica a veces injusta.
Supongo que Víctor Hugo percibió ganancias dinerarias por su novela: Los miserables. El escritor francés se hallaba en el exilio a causa de su enfrentamiento al emperador Napoleón III (a quien el autor llamaba: “Napoleón, el pequeño”). En su extrañamiento en la isla anglo-normanda de Guernesey, en el Canal de La Mancha, produjo aquella gran novela y una importante obra literaria en poesía. Su enemistad con el Emperador hubiera hecho pensar que le arrebatarían su estipendio como autor. Pero no fue así: el versátil creador se hizo de un buen patrimonio con el que podía sostener varias casas en Francia y Bélgica.

Los derechos de autor en Venezuela:

En la Constitución de 1830 se garantizaba la propiedad de los descubrimientos, las invenciones y las publicaciones. Se dictaba por ese entonces la primera ley que amparaba la propiedad de las obras literarias. Venezuela, como los países que reconocen el derecho de propiedad, siempre ha concedido protección a las obras del ingenio.
En 1928 se dio en nuestro país un gran avance en materia de protección de los derechos intelectuales. La ley de ese año acogió principios adelantados, pero no llegó a amparar aspectos de la creación autoral de mucha importancia. La causa fue, quizás, el haber impuesto un régimen de formalidades excesivo. Era como decir que resultaba más necesaria la divulgación de las obras en el dominio público que proteger a los autores. Ya para ese año de 1928 existía el Convenio de Berna para la protección de las obras literarias y artísticas, del año 1886, revisado muchas veces, la última de las cuales fue en París en 1971. Sin embargo, Venezuela no adhirió al Convenio de Berna sino en 1982.
Otra Convención internacional es la de Ginebra: Convención Universal sobre Derecho de Autor, del 6 de septiembre de 1952. Nuestro país adhirió a la Convención de Ginebra el 30 de marzo de 1966. Destinada a armonizar el régimen de Berna con el de los países americanos, y especialmente con el de los Estados Unidos de América, no está tan perfeccionada como la de Berna, pero mediante los acuerdos multilaterales celebrados después, ha ido adquiriendo cada vez más vigencia en su aplicación.
La adhesión de Venezuela a ambas Convenciones Internacionales le ha dado a éstas preferencia sobre acuerdos locales.
En 1962 se produjo la aprobación de otra Ley sobre el Derecho de autor, que todavía resultaba incompleta en la protección de los creadores de obras del ingenio. Así, sin embargo, se tuvo un sistema que concedía protección y proclamaba la validez y necesidad de ese amparo legal.
Por último, en 1993 se promulgó la vigente Ley sobre el Derecho de Autor, que extiende su protección no solo a los autores sino también a otras manifestaciones de la creación individual. Con el surgimiento de nuevas formas de expresión, la nueva Ley ha tomado en cuenta otras manifestaciones de la creación humana individual: obras audiovisuales, radiofónicas, programas de computación; y no sólo eso: protege las traducciones, adaptaciones, arreglos de otras obras, antologías o compilaciones de obras diversas y bases de datos. La ley abandona el método casuístico y trata de los derechos morales y los patrimoniales. Los primeros son inalienables y representan la paternidad de la obra; los segundos son negociables por el autor o sus causahabientes. Los derechos morales o de paternidad de la obra son personalísimos y nadie, ni siquiera el Estado, puede disponer de ellos. La idea de abolir esta libertad atenta contra un sagrado derecho del hombre.
Finalmente, la ley de 1993 establece un procedimiento legal para hacer efectiva su protección. Tenemos, pues, una buena Ley sobre el Derecho de Autor, que con el tiempo irá perfeccionándose en beneficio de los creadores de obras del ingenio y del dominio público que las aprovecha en su formación humana integral.
Los tratados internacionales mediante los cuales fueron aprobados los convenios de Berna y Ginebra, así como también la Ley sobre el Derecho de Autor, tienen carácter especial porque protegen el derecho humano de la libertad de creación cultural y de expresión, provistos de rango constitucional (artículos 23 y 98 de la Constitución Nacional). Además, en cuanto son tratados internacionales aprobados por el país, son también leyes nacionales sujetas al cumplimiento de formalidades especiales cuando se pretenda su derogación, y gozan por igual de amparo constitucional.

¿Qué ocurriría si por un capricho inexplicable y sin causa se aboliesen los derechos intelectuales o de autor?

Esta pregunta encierra una posibilidad todavía no excluida que atrae la noche del pensamiento, la oscuridad del espíritu, porque suprimir un derecho humano basado en la libertad es acallar La voz del hombre. Y es que los creadores lo son por voluntad propia y no puede detenerlos ninguna tempestad. Vemos al pintor que en un rincón de la calle traza sin pausa imágenes que tiene en su mente; esas figuras que quedan en lienzo o papel son su propio espíritu libre que despliega sus fuerzas interiores. El escritor, el músico y todo artista auténtico hacen lo mismo.
En su quehacer individual y aunque el artista siga determinadas reglas en la creación de su obra, tales reglas no sujetan la libertad creadora. Son preceptos que el artista toma en consideración pero que no prefiguran fórmulas mecánicas, están implícitos en la naturaleza de la obra que está produciendo. La acción del espíritu no se ejerce en el vacío, sometida a una determinación impuesta, porque el espíritu forja la obra de acuerdo con las influencias que expresan la personalidad del artista, donde está presente la carga genética y la suma de sus experiencias. Las reglas o preceptos del arte están allí pero no son ellos las que impulsan la creación de arte. En la música, el compositor se atiene a las modalidades que conforman la gama que le es familiar y de la que está imbuido. En la poesía devela la realidad mediante la palabra. El poeta está en la escena del mundo y aprovecha sus experiencias, pero no hace de las percepciones un recurso para satisfacer necesidades personales. El creador de un poema se sirve de esos elementos que lo circundan y los recrea con una finalidad distinta. El poeta sirve a las palabras en vez de servirse de ellas, pues rompe su primera función, que es la comunicación racional. Para el poeta, el lenguaje es más que un instrumento; ha adoptado la actitud del artista y para él las palabras son el objeto de su creación, en vez de signos, y constituyen la materia que el artista se propone formar. Todo ello en el ejercicio de la libertad del individuo.
El artista abre la percepción del mundo con la imaginación. Al llevar su obra a otros parajes, lleva consigo nuestro mundo y nos lo devuelve enriquecido con lo que ese otro espacio nos brinda en reciprocidad. Y esta labor de amplio sentido humano exige retribución.
Si en un acto disparatado se hiriese a la creación artística, la muerte del alma vendría como una peste a cerrar la sensibilidad.
Lo demás es silencio.

viernes, 2 de julio de 2010

Saúl Vera


Conocí a Saul Vera en casa de mis amigos de CONVENEZUELA ,lo escuche en varios conciertos de mandolina y pienso que es un valor cultural de nuestro país por las opiniones que de él y su música escuché entonces.Lamento que Chávez haya llegado a esos extremos hacia nuestro sector cultural
Joaquin



...un alerta más... como bien lo afirma Saúl Vera.


Estimado Maestro Marco Granados:

Con mi mayor respeto y consideración.

Tuve la fortuna de recibir su invitación a participar en unos conciertos en Japón para el venidero mes de noviembre, cosa que acepté como un honor y estoy muy agradecido por eso. Más sin embargo me veo obligado a informarle lo que a continuación relato, en referencia directa a los conciertos a los cuales Ud. me ha invitado.

Un funcionario público, cuyas atribuciones están establecidas y limitadas por las leyes, y cuyo sueldo se paga con fondos públicos de todos los venezolanos, (con fondos de los contribuyentes de Venezuela), me llamó ayer por teléfono para decirme que yo NO PODÍA ir a tocar a Japón en la semana cultural "DE VENEZUELA", que además estará dedicada a la bandola, mi instrumento musical, solo por que no soy "Chavista" y corrijo yo, por que me niego a ser "tonto útil" para que hagan propaganda usando mi nombre, mi cara y mi trabajo artístico reconocido por mas de dos décadas, a favor de un gobierno que es estimado por un mayoritario espectro humano como autoritario, militarista, ilegítimo, ilegal, corrupto y que viola los derechos humanos de la mayoría de los connacionales.

Esta situación demuestra cómo el gobierno venezolano y sus funcionarios, no importando el nivel de la pirámide que ocupen, violan los derechos humanos de todo aquel que no esté dispuesto aceptar el chantaje y la manipulación gubernamental. A todo aquel que no esté dispuesto a dejarse usar.

En el marco jurídico nacional, el uso de fondos públicos para favorecer una parcialidad política se llama CORRUPCIÓN. Y la discriminación por credo o conciencia política es una de las más asquerosas y nauseabundas maneras de violar la libertad y los derechos individuales que existen en la actualidad. Esto es hoy, tristemente en Venezuela, una práctica obligada y dirigida desde las más altas esferas del poder, para que sea ejecutada hasta por el más infeliz y mal pagado de los funcionarios públicos.

Sostengo la idea que los músicos, creadores y artistas en general, tienen una gran responsabilidad de denunciar y no aceptar estas practicas reñidas con los valores fundamentales de la ética, que en lo más profundo, es la esencia que constituye a los verdaderos y grandes artistas.

Le pregunto maestro, ¿cómo le parecería a Ud. que un día le prohíban tocar en un lugar o asistir a un evento por que Ud. es, por ejemplo, NEGRO, ó JUDÍO ó CATÓLICO o de pensamiento liberal?

Esta circunstancia es un alerta que pone en entredicho a esos muchos "cómodos" a quienes se les ha escuchado la frase "yo no me meto en política", porque quienes afirman eso, haciéndose la vista gorda ante tropelías como las descritas, son cómplices por omisión de una horrenda y detestable violación a los derechos individuales.

De modo maestro, que por lo pronto no podré acompañarle al viaje que me ha propuesto y espero que mi testimonio lo invite a una reflexión profunda sobre el rol que tenemos que jugar los artistas venezolanos en el triste y lamentable momento que nos está tocando vivir.

Lamento que esta infeliz circunstancia me impida compartir musicalmente con Ud. en esta oportunidad, lo cual me entristece en grado sumo, dado que aprecio el tocar con Ud. como un honor y un enorme privilegio. Espero que la invitación que me ha hecho, pueda y quiera repetirla para otro evento en el que la libertad de pensamiento y de credo sean respetadas por lo organizadores.

Reiterándole mi mas alta estima y consideración, quedo de Ud.

Atentamente:

Saúl Vera

--
Saúl Vera
Director Artistico
"Saúl Vera Ensamble"
Director Gerente
TONO CUMBOTO PRODUCCIONES C.A.
WWW.SAULVERA.ARTS.VE
www.youtube.com/watch?v=eFQb66GzfvU

Saul Vera

De Wikipedia, la enciclopedia libre
Saúl Vera (born October 2, 1959) is a Venezuelan musician, bandola executant and composer.

At the age of seven, began to learn the exceution of the cuatro and the mandolin next to his older brother. Through him he knew diverse popular musicians who had influence in his musical formation.

At the age of 16, initiates his bandola studies, received particular classes with Eduardo Serrano and made formal studies at the Jose Lorenzo Llamoza music school, where learned jazz harmony and piano with Gerry Weil.

In 1976 began learning to play the bandola llanera, a stringed instrument from the lute family played in the Venezuelan plains since the 16th century, also by his own initiative, learned to execute all the stringed instruments used at the Venezuelan music. In 1980, was invited by the government of Japan to a youthful interchange, since then he let the university to concentrate himself definitively at music.

In 1986, founded the group Saúl Vera y ensamble for the diffusion of the folk and popular Venezuelan music, integrated by: flute, French Oboe, clarinet, Bassoon, horn, bass, maracas, cuatro, among other instruments.

In 1989, made a national tour with the program Music and Traditions, from which the first recorded compact disc in the country was made.



martes, 29 de junio de 2010

Los límites de la ciberdisidencia

TRIBUNA: ERNESTO HERNÁNDEZ BUSTO
Tal vez haya habido demasiado entusiasmo mediático al valorar el potencial de los 'blogueros' y las redes sociales para combatir regímenes autoritarios. Estos, desde Cuba a Irán, ya han encontrado cortafuegos
ERNESTO HERNÁNDEZ BUSTO 29/06/2010

Vota Resultado 11 votos En los últimos meses, los interesados en cómo las nuevas tecnologías pueden facilitar un desafío a las sociedades autoritarias hemos asistido a una interesante polémica entre los investigadores, escritores y, por supuesto, blogueros Evgueny Morozov y Clay Shirky.
Diversos medios anglosajones (Prospect, The Wall Street Journal, Foreign Policy) han publicado argumentos del debate, que abarca fenómenos muy diferentes (las movilizaciones poselectorales bielorrusas, en 2006; las manifestaciones de los monjes birmanos, en 2007; la llamada revolución verde que sacudió Irán hace justo un año...), pero con un denominador común: el importante papel que han jugado las nuevas tecnologías en su organización y en la divulgación, casi instantánea, de la represión gubernamental.

Los sistemas autoritarios han aprendido a defenderse también con métodos digitales

Ningún régimen ha sido derrocado. Quizá haya que volver a medios de disidencia tradicionales
Engrosadas por una amplia repercusión mediática, las expectativas de quienes vieron en las nuevas tecnologías la clave de una nueva y glamorosa forma de lucha política, capaz de emancipar a la sociedad civil por los caminos de la protesta masiva, han quedado un tanto defraudadas.
El resultado a la vista es que ninguno de esos movimientos ha conseguido derrocar a régimen alguno, aunque sin duda los ha debilitado de cara a la opinión pública internacional. Morozov, pesimista hasta la exageración, llega incluso a culpar a los partidarios de la ciberdisidencia y al excesivo entusiasmo mediático de perjudicar las causas que trataban de promover y de provocar justo lo contrario de lo que pretendían: una mayor represión, una extensión de los límites de la vigilancia autoritaria.

Un artículo de Golnaz Esfandiari en el último número de Foreign Policy, dedicado a Irán, describía la "Revolución Twitter" del año pasado como "un meme irresistible" para demasiados analistas y periodistas, "una de esas historias que se escriben solas". Todo parece indicar que, en efecto, la prensa occidental exageró el verdadero impacto de Twitter como medio de comunicación de los activistas que estaban sobre el terreno.

Cualquiera que sea nuestra posición ante esta polémica, bien aplaudamos el entusiasmo de Shirky a propósito de la "organización sin organizaciones", la "nueva estructura cívica" o la "enfermedad tecnológica autoinmune", o, en cambio, compartamos el pesimismo de Morozov y otros al sugerir que los Estados autoritarios son lo bastante fuertes como para resistir el descontento popular y reprimir a los ciberdisidentes, resulta evidente que el panorama de la contestación política en sociedades cerradas ha sufrido en estos últimos años una mutación importante, asociada al uso de nuevos medios tecnológicos.
Uso el término "mutación" para dejar claro que no se trata solo de una nueva manera de transmitir el discurso de la disidencia clásica. No es solo cuestión de contar con "nuevas herramientas", más ágiles y seguras que aquellas proclamas o samizdats que antes se pasaban de mano en mano. Esas "herramientas" han comenzado a generar nuevas y contagiosas formas de organización social que, además de traducirse o no en protestas masivas, pueden ayudar a reconstruir el tejido de la sociedad civil.

Tal vez en esa novedosa y atractiva condición de la ciberdisidencia estén también los gérmenes de su fracaso a corto plazo. Porque las sociedades autoritarias se han demostrado capaces de adecuar sus técnicas de represión a las nuevas tecnologías, y de aprovechar las ventajas de la democracia sin concedérselas a sus ciudadanos. Se puede, como en el caso de China, crear clones locales (censurados) de los sitios más famosos de la Web 2.0, al estilo de Facebook o YouTube, y seguir manteniendo una Gran Muralla cibernética argumentando motivos de seguridad.
En otros casos, como ha hecho el régimen iraní, un gran ejército casi invisible de esbirros pagados y "verdaderos creyentes" se dedica a cazar disidentes y a distorsionar los debates en la Red -e, incluso, a fabricar "hechos" a conveniencia-. Lo triste es que todo esto sucede, muchas veces, con la complicidad de compañías occidentales como Nokia y Siemens, que han estado vendiendo a Irán la tecnología y el know-how necesario para vigilar Internet.

Desde el pasado septiembre, los Guardianes de la Revolución iraní son los dueños del emporio de las telecomunicaciones que controla todo el acceso a la Red, los teléfonos celulares y las redes sociales. "La historia de la ciberyihad iraní", hacía notar hace poco Abbas Milani, "ha pasado casi inadvertida en los medios occidentales, a pesar de su gran escala".
Tiene razón. Hace unos meses yo mismo participé en un encuentro con ciberdisidentes auspiciado por el George Bush Institute, Freedom House y el Berkman Center de la Universidad de Harvard. La preocupación principal de todos los blogueros y expertos con los que pude conversar allí era la tecnología que personas inescrupulosas están vendiendo a Gobiernos censores como China, Siria o Irán, y el uso cada vez más activo que esos Gobiernos hacen de los nuevos medios.

Se trata, en pocas palabras, de combatir la revuelta digital con sus propias armas, una estrategia atractiva, incluso para el presidente venezolano, Hugo Chávez, que en un mes pasó de censor de la Red a twittero célebre. Sin embargo, en Latinoamérica la balanza se inclina, por el momento, hacia quienes usan las nuevas tecnologías para incentivar la protesta social. Incluso una sociedad como la cubana, que participa de manera marginal en el auge de las nuevas tecnologías -no olvidemos que en la isla las estadísticas más optimistas de acceso a Internet rondan el 10% de su población, y que conectarse una hora cuesta la mitad del salario medio- se ha colocado en el mapa de la ciberdisidencia gracias a la acción de una élite decidida a explotar las ventajas democráticas de los nuevos medios.

Inspirados por Yoani Sánchez y otros blogueros, muchos jóvenes cubanos han perdido el temor a opinar. En la isla aumenta el uso de móviles para documentar la represión y son cada vez más numerosas las "filtraciones" de información vedada. Twitter sigue creciendo. El castrismo tiene serias razones para preocuparse si la disidencia tradicional y los blogueros deciden hacer causa común en varios frentes, aprovechando el mecanismo de las "cascadas de información", descrito por Susanne Lohmann y aplicado por Shirky al activismo digital.
Por eso ha comenzado a usar la misma estrategia de Irán: una contraofensiva cibernética que incluye la renovación de sus webs, mayor presencia en redes sociales, plataformas de blogs oficialistas dedicados a difamar y criticar a los blogueros independientes, cibercomandos de respuesta rápida formados por estudiantes de la Universidad de Ciencias Informáticas... Por el momento, estos métodos no han bastado para limitar a los blogueros. Pero el Gobierno sigue postergando la conexión del cable de banda ancha desde Venezuela -previsto, ahora, para 2011-, así que la blogosfera cubana exhibe todavía, para desgracia de tirios y troyanos, una influencia limitada.

¿Bastan todos estos síntomas para confiarle a Internet un rol clave en la contestación política de nuestra época? La mutación propiciada por las nuevas tecnologías es un síntoma estimulante, pero corre el riesgo de quedarse estancada en acciones confusas y sin un público definido. En sociedades autoritarias, la confusión entre "medio" y "mensaje" no parece haber contribuido a una libertad que rebase las alternativas a la prensa oficial, y el uso político de la Red se ha demostrado más influyente en sistemas con altos índices de democracia y transparencia. Cada vez más analistas se preguntan hasta qué punto puede derrocarse a un régimen desde esa especie de ilusión democrática (y narcisista) que propicia Internet. A lo mejor en esos escenarios donde el espacio para los reclamos libertarios es por fuerza minoritario y demasiado susceptible de control, hay que volver a los viejos métodos del disidente tradicional: hacer huelgas, salir a las calles, arriesgar un desafío que dependa menos de la imagen mediática.

Ernesto Hernández Busto es ensayista (premio Casa de América 2004). Desde 2006 edita el blog de asuntos cubanos PenúltimosDías.com

viernes, 11 de junio de 2010

Mi padre el emigrante

Mi padre el inmigrante - Poemas de Vicente Gerbasi
Poemas » vicente gerbasi » mi padre el inmigrante

Mi padre el inmigrante"Mi padre, Juan Bautista Gerbasi, cuya vida es el motivo de este poema, nació en una aldea viñatera de Italia, a orillas del Mar Tirreno, y murió en Canoabo, pequeño pueblo venezolano escondido en una agreste comarca del Estado Carabobo".

Vicente Gerbasi


I
Venimos de la noche y hacia la noche vamos.
Atrás queda la tierra envuelta en sus vapores, donde vive el almendro, el niño y el leopardo.
Atrás quedan los días, con lagos, nieves, renos, con volcanes adustos, con selvas hechizadas
donde moran las sombras azules del espanto. Atrás quedan las tumbas al pie de los cipreses,
solos en la tristeza de lejanas estrellas. Atrás quedan las glorias como antorchas que apagan
ráfagas seculares. Atrás quedan las puertas quejándose en el viento.
Atrás queda la angustia con espejos celestes. Atrás el tiempo queda como drama en el hombre:
engendrador de vida, engendrador de muerte.
El tiempo que levanta y desgasta columnas,
y murmura en las olas milenarias del mar.
Atrás queda la luz bañando las montañas,
los parques de los niños y los blancos altares.
Pero también la noche con ciudades dolientes,
la noche cotidiana, la que no es noche aún, sino descanso breve que tiembla en las luciérnagas o pasa por las almas con golpes de agonía. La noche que desciende de nuevo hacia la luz,
despertando las flores en valles taciturnos, refrescando el regazo del agua en las montañas, lanzando los caballos hacia azules riberas, mientras la eternidad, entre luces de oro, avanza silenciosa por prados siderales.
II
Venimos de la noche y hacia la noche vamos.
Los pasos en el polvo, el fuego de la sangre, el sudor de la frente, la mano sobre el hombro, el llanto en la memoria, todo queda cerrado por anillos de sombra.
Con címbalos antiguos el tiempo nos levanta. Con címbalos, con vino, con ramos de laureles. Mas en el alma caen acordes penumbrosos. La pesadumbre cava con pezuñas de lobo. Escuchad hacia adentro los ecos infinitos, los cornos del enigma en vuestras lejanías.
En el hierro oxidado hay brillos en que el alma desesperada cae,
y piedras que han pasado por la mano del hombre, y arenas solitarias,
y lamentos del agua en cauces penumbrosos. ¡Reclamad, gritando hacia el abismo,
el mirar interior que hacia la muerte avanza!
En nuestras horas yacen reflejos de heliotropos,
manos apasionadas, relámpagos del sueño.¡Venid a los desiertos y escuchad vuestra voz! ¡Venid a los desiertos y gritad a los cielos!
El corazón es una secreta soledad.
Sólo el amor descansa entre dos manos, y baja en la simiente con un rumor oscuro, como torrente negro, como aerolito azul, con temblor de luciérnagas volando en un espejo, o con gritos de bestias que se rompen las venas en las calientes noches de insomnes soledades. Mas la simiente trae a la visible e invisible muerte.
¡Llamad, llamad, llamad vuestro rostro perdido
a orillas de la gran sombra!
III
Relámpago extasiado entre dos noches,
pez que nada entre nubes vespertinas, palpitación del brillo, memoria aprisionada, tembloroso nenúfar sobre la oscura nada, sueño frente a la sombra: eso somos.

Por el agua estancada va taciturno el día, doblegando los juncos hacia barcas de olvido.
El alma silenciosa en las violetas tiembla. ¿No somos un secreto guardado por las horas? Mirad cómo en el césped de la tarde la mirada es un brillo de azahares,
cómo se esconde el ser en el suspiro leve de las frondas. Algo se cierra siempre en torno a nuestra frente.
El frío de las piedras corre por nuestra sangre.Un susurrar de nardo desciende por los valles. Y siempre el hombre solo, bajo el sol y los truenos, perseguido por voces y látigos y dientes. El hombre siempre solo, con su mirada, suya, con sus recuerdos, suyos, y con sus manos, suyas.
El hombre interrogando a sus calladas sombras. Escucha: yo te llamo desde mis soledades, desde mis suspirantes comarcas de palmeras, abiertas a los signos luminosos del cielo. El viento se te enreda con nieblas siderales, y te detiene al pie de negros abedules. Venados de la luna van corriendo por la antigua memoria, y en tu silencio caen llamas del corazón.
IV
Lo que siento en mi sangre como un reloj de arena,
cerca de algún retrato, del hilo y del salero; lo que escucho en mi sangre como un rumor del día, cuando una mariposa de la noche viene a besar la sombra de nuestro corazón;
lo que escucho en mi sangre como acordes de luto, cuando todo se apaga y todo es un ayer, con rostros, con cenizas y manos en la sombra; lo que escucho en mi sangre como grano que cae
en la penumbra de los aposentos, donde el espejo de hundida confidencia
destruye vanamente las máscaras del hombre: lo que escucho en mi sangre como flautas del sol, cuando mis hijos danzan en torno a mi existencia como en una lejana colina de vendimias;cuando el pensamiento transforma mis secretos
en abismos de yedras, y reclino mi frente sobre el vino nocturno;
cuando siento mis pasos en la tierra, y cuando digo: tierra, y sé que estoy aquí iluminándome, amándola y oyendo su mandato, que es el existir, es lo que desciende en secreto hacia mi muerte:
rumor que me sostiene y me dibuja en mi retrato antiguo, con un halcón sobre el hombro, en la penumbra de tus olivares: marco de la conciencia, enigma de viejos muros,
caída de la luz en la tristeza, heno en la tarde, nubes de soledad,
higueras de la noche en forma de esqueletos, mirada hacia la sombra del jaguar.
No somos habitantes de la luz. Hay lenguas de tiniebla y signos ardorosos
danzando en torno nuestro.Se nos cae la mirada en anillos de luto,
en juncales de miedo, en estrellas de plata. La frente va perdida, como ráfaga fría
por la humedad nocturna de los espantapájaros. ¿Cuándo sale de ti mi oscuro andar?
Atrás quedan abismos en que mis ojos caen. El hombre es de la noche que lo sigue, sueño que el sol defiende, paréntesis de incierta maravilla, imagen que derriba la tiniebla. Aún mi madre contempla tu retrato y en su cabello blanco se hace un lejano resplandor. Aquí en la tierra estoy, aquí en la tierra, y en tu muerte, disperso en mis sentidos.
Y persisten los ojos, las brasas del peligro y el hábito de andar por los sonidos,
por la humedad, la risa, las tinieblas, donde las lumbres danzan
como reminiscencias de muertos familiares. Y todo avanza en mí y todo cae, y todo es un rumor,
un acercarse y amar, y un sufrir por lo amado, y un llevarlo todo al sueño
y hacer de la tierra un sueño. Y es lo que viene ardiendo, sonando como un trueno
sobre un niño, desde tu vida dura, desde tu muerte sola, tu muerte semejante a una llanura,donde curva la noche su lentitud de estrellas,
con un rumor de cascos, de piedras, de esqueletos, con guitarras caídas junto al corazón, con una copla del diablo, con el azufre del Tirano Aguirre danzando en las colinas,
y lejanos relámpagos antiguos en un denso horizonte con sombras de diluvio,
y el viento que resuena sobre el sordo tambor de la tierra caliente,
del agua del caimán y el venenoso diente. Padre mío, padre de mi huracán. Y de mi poesía.
V
A veces caigo en mí, como viniendo de ti,
y me recojo en una tristeza inmóvil; como una bandera que ha olvidado el viento.
Por mis sentidos pasan ángeles del crepúsculo y lentos me aprisionan los círculos nocturnos. Venimos de la noche y hacia la noche vamos. Escucha. Yo te llamo desde un reloj de piedra, donde caen las sombras, donde el silencio cae.
VI
El velero lustroso de la muerte
pasea tu silencio por mis mares sombríos, entre brillos de un agua negra en ondas, donde cantan marinos de otro tiempo, ahogados en la noche, rendidos a las algas
que transportan las sombras. Y siempre vienes a mí desde el olvido,
aventurero terrestre de barbas seculares. Tus zapatos aún suenan sobre los ladrillos
y sobre las arenas de bahías desiertas, con baúles desenterrados y monedas,
y con rocas lejanas donde los astros caen, donde avanzan temblando las auroras,
en medio de las sombras de los fríos, y de pinos del mar, y signos y colores espectrales,
y las sombras de madres de barqueros, llamando entre sus paños y sus cabellos,
y sus voces confundidas, y sus lágrimas perdiéndose en la arena,
y gaviotas en fila, volando hacia otro mundo, hacia distancias cárdenas y negras,
hacia un día del misterio, donde grita el hombre a su muerte.
Te sigue un perro grande, el perro fiel y lento de nuestra lejanía.
En tu penumbra brillan barcas abandonadas. Con las ráfagas gimen tus hondas soledades y entre las algas tiembla el grave amanecer. Te alejas en tu viaje como llovizna leve, como el rumor del finar en los caracoles. En mi soledad guardo tus hondas soledades. De ti vienen los días sonando en las guitarras del olvido. Por ti yo soy el hombre, el portador del fuego.
Por ti mi mano levanta el espejo que refleja la montaña. Hacia mí venían tus huellas, tu fábula y tu clima,
y aún te veo llegar desde la muerte, padre del remo, padre del pesado saco,
padre de la cólera y el canto.
VII
Tu aldea en la colina redonda bajo el aire del trigo,
frente al mar con pescadores en la aurora, levantaba torres y olivos plateados.
Bajaban por el césped los almendros de la primavera, el labrador como un profeta joven, y la pequeña pastora con su rostro en medio de un pañuelo. Y subía la mujer del mar con una fresca cesta de sardinas.
Era una pobreza alegre bajo el azul eterno, con los pequeños vendedores de cerezas en las plazoletas,
con las doncellas en torno a las fuentesmovidas rumorosamente por la brisa de los castaños, en la penumbra con chispas del herrero, entre las canciones del carpintero,
entre los fuertes zapatos claveteados, y en las callejuelas de gastadas piedras,
donde deambulan sombras del purgatorio. Tu aldea iba sola bajo la luz del día,
con nogales antiguos de sombra taciturna, a orillas del cerezo, del olmo y de la higuera. En sus muros de piedra las horas deteníansus secretos reflejos vespertinos,
y al alma se acercaban las flautas del poniente. Entre el sol y sus techos volaban las palomas. Entre el ser y el otoño pasaba la tristeza. Tu aldea estaba sola como en la luz de un cuento, con puentes, con gitanos y hogueras en las noches de silenciosa nieve.
Desde el azul sereno llamaban las estrellas, y al fuego familiar, rodeado de leyendas, venían las navidades, con pan y miel y vino, con fuertes montañeses, cabreros, leñadores. Tu aldea se acercaba a los coros del cielo, y sus campanas iban hacia las soledades, donde gimen los pinos en el viento del hielo, y el tren silbaba en lontananza, hacia los túneles, hacia las llanuras con búfalos, hacia las ciudades olorosas a frutas, hacia los puertos, mientras el mar daba sus brillos lunares, irás allá de las mandolinas,
donde comienzan a perderse las aves migratorias. Y el mundo palpitaba en tu corazón. Tú venías de una colina de la Biblia, desde las ovejas, desde las vendimias,
padre mío, padre del trigo, padre de la pobreza. Y de mi poesía.

VIII
Cuando tú venías, venías hacia la muerte,
porque así son nuestros pasos en los días: hacia las montañas detenidas en los crepúsculos; hacia las ciudades que esperan la noche con luto y alegría, tostando el pan, preparando dramas en los aposentos,
derramando rojo vino en las penumbras; hacia los puertos donde las barcas dan descanso a los vagabundos;
hacia los pequeños caminos rojos, donde nos duele el cuerpo del asno,
donde nos duelen los pies del mendigo, donde nos duele el canto de la triste quinquina; hacia nuestra futura vivienda, con el susurro leve del naranjo
a cuya sombra estaremos en la mirada del hijo, como en una hora del cielo,
del presentimiento y de la angustia. Tú venías, y el mundo estaba debajo de tus pasos, y debajo de tus noches, y debajo de tus soledades. Sí, tu existencia había creado sus cielos huracanados
sus aguas tumultuosas, sus nubladas lejanías,y las tempestades agitaban los mares de tu corazón con truenos y estrellas caídas en las oscuras soledades del alma,
con naufragios y voces de mujeres perdidas en la extensión de las olas y los países. Soñabas con fantasmales buques en la sombra, esos que llevan banderas de luto y viajan hacia los puertos de podridos aceites y antiguos desperdicios. Y la furia levantaba ondas en la oscuridad de tu muerte, perseguida por brillos lunares, como una oleaginosa superficie negra con vuelos de lentas aves relucientes, ahí donde los astros gotean sus azules licores, en ese espacio del misterio devorador, con islas iluminadas en nuestra soledad. Tu juventud llamaba a las ciudades del mundo, a los vientos que soplan contra viejas murallas, a la gente que vive en las oscuras minas, a marinos que yacen bajo cruces del mar.Tú, el viajero, el insomne, el descontento, el que levantaba las manos hacia los relámpagos, el que veía pasar las bahías como la orilla serena y brumosa de la tristeza. Sabías soportar las lejanías, siempre tan del corazón. Sabías llegar. Y eras ahí el anónimo, el oscuro, el devorado, tendido en las noches calientes, como los sacos, como los barriles, a la orilla de los grandes navíos.Un campesino te daba una copa de aguardiente. Y aún era la noche oscura como un tambor, salvaje como las patas, las mías y los dientes del tigre.
La noche, la noche llena de rumores de tamarindos, de cocoteros movidos por una brisa que te devolvía a otro tiempo, al tiempo de tu aldea con campanas, de tus mares del verano con barcarolas cerca del amanecer. Tú estabas dormido bajo las estrellas de otro mundo. Padre mío, padre de mi universal angustia. Y de mi poesía.
IX
Dejaste en mi existencia la nostalgia del mundo. Adoro las ventanas que tiñen los crepúsculos, contemplo las estampas de algún campo del norte, elevo las aldeas a nevadas del cielo y un reno silencioso se yergue en mi silencio. Muero contra los pinos por ráfagas heladas, a mis manos se acercan pájaros del invierno, y un aire de mendigos difunde coros tristes. No sé si alguna hora de copos solitarios, esos que a veces caen en grises cementerios, sobre harapientas sombras, en plazas vespertinas, me espera en algún sitio lejano de la tierra. Por ti, que caminabas con tus ropas pesadas, entre los esqueletos vegetales del frío, yo vago por la orilla de un lago taciturno,oyendo una campana de antiguos molineros. X¿Qué fuego de tiniebla, qué círculo de trueno, cayó sobre tu frente cuando viste esta tierra? Pasaron costas negras, arbustos inflamados, barcas con piñas, cocos, bananas, chirimoyas, sobre un mar tenebroso con medusas y anémonas. Y pasaron caminos, zamuros, caseríos, y viste un asno ciego atado a tina ventana, y un niño sin parientes pasar por la llanura, y un vaquero llamando la sombra del ganado. Una puerta caliente se abrió para tu vida. Te llamaron las aguas con sus lenguas oscuras, los pájaros con gritos, y animales dolientes que lloran largamente en el alto follaje. Y llegaste a la puerta de la casa del brujo, de cuyo tecleo cuelgan gruesas hojas moradas,semillas venenosas, corazones de pájaros.
Y viste la melaza correr en los trapiches. Y el toro que en la tarde avanza hacia la muerte, atado a dos caballos. Y viste la serpiente de agua, retorcida, que en la penumbra ahoga a la vaca sedienta. Y anduviste de noche entre las mariposas de luto, que visitan los ranchos tenebrosos, donde habita la fiebre de labios amarillos.
Y viste danzar llamas, las llamas del Tirano, seguido por el canto del aguaitacamino, que avanza, misterioso, junto al paso del hombre. Y dormiste entre hormigas, arañas y escorpiones. Y grandes flores lilas, con brillos siderales, se abrieron en tu sueño de encendidos diamantes.
XI
Por ti sé que el remo que regresa del horizonte,
y el hacha que al contacto del árbol llena de resonancia el día,
y el martillo que aplasta el hierro y lo moldea como una llama densa, 5 y la mano que amasa el barro para la vivienda, y amasa la harina para los hijos, y para los hijos de nuestros hijos, y el escalpelo que transmite sangre a la piedra, elevando su suave gesto en la penumbra, y la frente inclinada sobre la maravilla,

hacen la conclusión de la jornada. Por ti sé que el paso de cada uno es solitario,
como un recuerdo, como un instante, como la muerte de cada uno.
Por ti sé que el amigo es sagrado, y que más vale un árbol con frutos
que brillantes monedas de oro. Pero aquí estoy debatiéndome con sangre, imagen y lamento, recogido en mi gesto como habitante que sale de la noche. Por ti me alejo de las ruedas del lujo, de la serpiente de oro, de la araña de cristal pulido, de la cortina de azules mariposas. La tierra nos reclama más cerca de sí misma, más cerca del sueño en que la vemos.
Ráfagas solitarias se acercan a mi frente, donde la noche mora temblando en los jazmines.
Fugaces resplandores pasan entre mis huesos, mientras voy escuchando mis pasos en el polvo. Avanzo, clamo, caigo, y yo mismo levanto mi cuerpo abandonado. Agítanse las sombras al golpe de la sangre, con el trueno que enluta barrancos y montañas, y en la humedad enciende cuchillos, ojos, cuerpos y manos que socavan la soledad oscura.Camino por escombros, recojo un niño herido que interminablemente llama hacia las paredes. Busco un pan, me persiguen y mis rodillas sangran por largas madrugadas. Padre de mis huellas, padre de mi tristeza nocturna. Y de mi poesía.
XII
Siempre te encuentro, oigo tu voz,
en mi hora más secreta, cuando refulgen las gemas del alma, como heridas por la luz de los sentidos, cuando el tiempo me convoca a los acordes del día, y enciende en torno a mi ser flores silvestres; cuando la noche viene impulsando colores densos por el cielo, como batallas del paraíso o anunciaciones sagradas; cuando el campo se lamenta en sus animales; cuando la madre llora y sobre su cabeza la noche derrama su pesadumbre y el querer estar a solas; cuando siento entrar por la ventana, a la quieta soledad de la tristeza, el aire de los árboles cercanos.
Tu vida y tu muerte, tuyas para siempre, como es para sí el niño que se ahoga en un pozo perdido, en mí se juntan y me difunden en la tierra, en ese instante que se detiene iluminando la memoria, igual al relámpago que enciende un horizonte sagrado, en el momento en que el día y la noche se juntan, plenos de profundidades de lo eterno, en una densa agitación de oscuros caballos celestes que se agigantan para el engendro de un poderoso enigma, sobre las montañas, sobre las ciudades y las frentes pensativas. Padre de mi soledad. Y de mi poesía.
XIII
¿Quién me llama, quién me enciende ojos de leopardos
en la noche de los tamarindos? Callan las guitarras al soplo misterioso de la muerte, y las voces callan, y sólo los niños aún no pueden descansar. Ellos son los habitantes de la noche, cuando el silencio se difunde en las estrellas, y el animal doméstico se mueve por los corredores, y los pájaros nocturnos visitan la iglesia de la aldea, por donde pasan todos los muertos,donde moran santos ensangrentados.
Por las sombras corren caballos sin cabeza, y las arenas de la calle van hasta el confín, donde el espanto reúne sus animales de fuego. Y es la noche que ampara la existencia a solas, en el niño insomne, en el buey cansado, en el insecto que se defiende en la hojarasca, en la curva de las colinas, en los resplandores de las rocas y los helechos frente a los astros, en el misterio en que te escucho como una vasta soledad de mi corazón. Padre mío, padre de mis sombras. Y de mi poesía.
XIV
Áspero cuero de tigre, estrellada lentitud de arqueado lomo, fuerte cabeza insomne, dientes detenidos en la sombra.
Un viento vegetal lame las peñas, húmedas lumbres vagan por el río, y tensos pasos hunden las flores de la noche en la memoria.
XV
Sí, la noche sostenida en las grandes hojas espesas, en las lianas que bajan hasta las aguas negras, como lentas serpientes encantadas por los brujos,
en los brillos que huyen como soplos azules, dando un temblor fugaz a las ocultas flores, te dio el secreto antiguo de mi ardorosa tierra. Tocaste las raíces, las piedras y las frutas, abrazaste los árboles, corriste por pantanos, penetraste en las cuevas, heriste el armadillo, que semeja un cruzado de bruñidas corazas, perdido en la penumbra de la selva y el río. Viste las madrugadas de las lluvias calientes y oíste el murmurar de árboles y animales, ese reclamo eterno de la tierra en la noche que a veces llora y grita y ronca en la pantera. Y viste el estallido de las grandes semillas, y el nacer de la hoja y el abrir de la flor.
Y hablaste, circundado por venados atónitos: "¡Ampárame, oh tierra maravillosa!
Yo me estaré contigo adorando tus peñasque en la penumbra tienen rostros de nuevos dioses. Yo vengo de los puertos, de las casas oscuras, donde el viento de enero destruye niños pobres,
donde el pan ha dejado de ser para los hombres. Yo vengo de la guerra, del llanto y de la cruz. ¡Ampárame, oh tierra maravillosa!"
XVI
Todas las colinas ondulaban hacia el sitio que buscabas.
Los árboles ondulaban, ondulaban en la soledad de tu alma, como un recuerdo de los siglos en el viento,
como un recuerdo de las soledades del mundo, cuando el fuego bajaba por el pecho de las montañas
y los reptiles miraban las flores sudorosas. Ondulaban, ondulaban en el silencio de tu alma. Ondulaban, ondulaban en el silencio de la tierra roja, donde el hombre se esconde
para dar muerte al tímido animal. Ondulaban, ondulaban en la atmósfera ardiente del colibrí, que gira, y gira, y huye y gira en su vuelo tornasol. Ondulaban, ondulaban, murmurantes, en las anchas soledades, donde canta la guacharaca anunciando la lluvia.
Ondulaban, ondulaban, y corrían los toros y los caballos, espantados por el resonante viento del fuego,
hacia un desolado atardecer. Ondulaban, ondulaban, y caían reflejos rojos en las oscuras aguas de la selva, donde beben la ardilla, la lapa y el tapir.
Ondulaban, ondulaban, los árboles en tu vida, aquí, en la tierra, aquí, en tu afán,
aquí, donde algún hombre solitario, entre carbones de árboles incendiados, siembra la yuca y el banano, busca el veneno en la hojarasca,
y conoce el misterio de los vegetales. Y era un lento ondular el día,
un ondular hacia las márgenes de los ríoscon lentas barcas y caimanes en las aguas amarillas. Un lento ondular hacia el horizonte, donde la noche congrega a los hombres con sus guitarras,
entre sus viviendas de ennegrecida palma, bajo el silencio solitario de las estrellas. XVIIAhí te acogían, y ahí estaba tu noche.
Tú venías, venías con tu vida y tus recuerdos, con tu voz y tus pequeños papeles amarillos, con tu alegría y tus angustias, pero nadie sabía de dónde venías.
Sonaban las guitarras en la sombra de tu corazón, y había aguardiente en conchas de fuertes frutas, el aguardiente que incendia las venas con forma de relámpago sobre un turbio galopar de caballos.
Y el joropo en el arpa te agitaba una nueva melodía, y había una nueva tristeza para ti, y una nueva alegría. Aquella gente era tu gente. Un día te ibas con ella en el fragor de una guerra civil.
XVIII
Llegaba el día del agua verde,
espesa como un lienzo oscuro con flores. El agua estancada con gérmenes de fiebre,
el agua solitaria, perdida, abandonada, donde la garza inmóvil se mira en su tristeza.Y era el día sin pan, el día sin respuesta.
El día de los campesinos muertos sobre la yerba reseca. Y tu vida era de nuevo un regresar, un regresar hacia días y noches, hacia el sitio que buscabas en tu desesperación. XIX
Te señalo en el mediodía de la angustia,
entre árboles y espinas y cigarras, entre lenguas de fuego bajo el sol,
ahí donde un caballo anda por nuestra tristeza, y cae, y muere, con los ojos abiertos hacia el cielo.
Te señalo en la soledad de danzas ilusorias, de corrientes perdidas, de sutiles serpientes, cuando la hora tritura sus cristales y espejos, y las aves huyen del gran pozo de fuego, donde estalla la fruta, la espiga, la corteza,donde la calavera brilla sonoramente
en su amarilla frente que lamen aguas tibias, que llaman voces roncas,
ecos de las cavernas. Y todo cae en el silencio de la tierra,
de la tierra roja con grandes hormigas rojas, que lentamente avanzan por sus claras ciudades,
con su pesada carga de circulares hojas. Y todo es un temblor de láminas livianas,
de mercurio caliente, y la curva de las colinas se hace adusta,
grave, resplandeciente, bajo el vuelo circular de los gavilanes,
lentos, casi inmóviles en la atmósfera caliente, como sostenidos por el viento de los siglos. Te señalo en la hora del canto de la paloma torcaz,escondida en la extensión reverberante, cuando el toro muge en medio de nuestra lejana melancolía, cuando nos interrogamos: "¿quién me responde ahora?",
cuando en la vivienda de barro y palmas la gente calla cabizbaja en el humo del tabaco, en el sopor de su oscura pobreza entre tinajas, cenizas y cucharas de palo.
Cuando junto a nosotros el río arrastra vegetales sombríos, como residuos de nuestros sueños luctuosos,
en que negras barcas atraviesan luces, ondas, gritos. Te señalo sobre la tierra, en medio de tu propia voluntad.
La hoja aceitosa y morada del tártago, la flor amarilla y espesa del guanábano,
la fruta velluda del guamo, la araña cobriza y lenta, el insecto de plata y de veneno,
están aquí en tu silencio, en tu silencio profundo como el día,
donde posan los valles como en la reminiscencia de una leyenda.Está aquí lo que tú querías allá entre los pastores,
cuando los deshielos daban música y espuma a los riachuelos, y florecían las violetas y maduraban las fresas en torno tuyo,
alrededor de tu aldea con muros medioevales y vuelo de palomas en las tardes.Está aquí el fuego lamiendo la tierra,
el agua lamiendo las raíces, los animales lamiendo a los animales.
Y tú estabas aquí con el sudor de tu frente, el solitario, el vestido de paño de hilo,
el erguido en medio de la comarca de las tempestades, el que iba gritando hacia adentro, buscándose las manos y la frente en su existencia, buscando el sitio donde poder decir: "Aquí yo vivo, aquí yo soy el hombre". Sí, tú ibas, paso a paso, con tus pies pesados,
tus pies que hacían correr los animales, volar las aves hacia celestes puentes crepusculares. Tú eras el que contestaba sin que nadie te llamara. ¿Quién te llamaba? ¿Acaso ibas entre fantasmas?
¿O estaba tu memoria poblada de fantasmas? ¿O huías de algo tuyo, de algo que dentro de ti aborrecías?
Insectos peludos se acercaban a tus piernas, víboras, escorpiones, gusanos como pájaros recién salidos del huevo, animales con llanto, dientes con fuego.
Pero eras el que marchaba, el resistente, mudo en la nostalgia de susurrantes olivares, de serenas colinas con manzanos que iban hasta el atardecer, hasta los últimos céspedes, donde una luz angélica se fuga,
moviendo brillos del paraíso en las frondas lejanas del alma. Estabas aquí en medio del vaho caliente
que asciende de las hirvientes aguas estancadas, del espeso limo verde con ranas
y redondas flores lilas entreabiertas, de la fruta y de la hoja que se pudren
con huevos de insectos y reptiles. En medio del vaho que asciende entre los juncos,
entre las lianas y las amarillas frutas de la fiebre. En medio del vaho que humedece nuestras espaldas
nuestros hombros y nuestra frente. En medio del vaho que aguarda la noche para mover sus visitantes azules, entre los ojos del leopardo y del búho.
Tú estabas aquí, solo, devorado, mudo,con tu garrafa de aguardiente para la noche, con tu perro y tus estrellas de otro mundo. Padre mío, padre de mi sangre.
Y de mi poesía.
XX
Aquí la noche deja los juncales
con sangrientos reflejos, con ondas purpurinas en penumbra y escamas aceradas.
Un profundo combatehiere cuerpos perdidos en la sombra. Es un agua de olvido, jadeante, de limpio cielo ardiente, que descansa en relámpagos hundidos
sobre babosas ramas de tembloroso limo. Es un agua de lentos círculos de agonía,
con ojos en el sueño, de flor amarga abierta entre las piedras.
Es el agua de alma solitaria, del hombre que soporta los confines,
dando a la tierra huellas, brasas del corazón, voces a la llanura donde un demonio canta, por donde avanza el día con humedad caliente, con altas y sonoras geometrías
de pájaros acuáticos,que figurando van rojas costas celestes. En el canto lejano del turpial, entre las flores de cercano brillo, entre las ranas que semejan hojas y cierran en la luz sus ojos verdes,vaga un humo tenaz; y se oye que alguien dice:
"Las sombras incendiaron el maíz". Y a lo lejos ulula la montaña de un dios.
Aquí el hombre ve el año como una lenta furia de colinas, donde el arbusto esconde su fruto y su veneno. Aquí la vida pasa cual un turbio verano, mientras el cielo lanza arcángeles de fuego sobre los yerbazales, donde el toro olfatea y resopla en la tierra,y la escarba y se yergue como potente enigma,
que muge contra el cálido resplandor de la roca. Aquí la luz congrega las hormigas
que llevan bajo el sol granos de oro para dar brillo a los antiguos túmulos.
Aquí levanta el día convulsas arboledas, reclamos funerarios,
barrancos como templos, humos lentos de tumbas. Pasa pesado un viento de oscuros gavilanes
y en las viviendas arden ramas de algún boscaje misterioso. En la selva Canaima huye en un denso soplo
de tiniebla y de azufre, de pájaros negruzcos, y cuelga de las ramas como caucho quemado,
y aprisiona a los hombres en sus brazos quemantes de lianas malolientes,
y grita con la muerte como una araña-mona. Ni el asno, ni el anciano, ni el niño, ni el conejo, saben aquí el camino más leve hacia la tarde. Aquí el hombre soporta su frente, su mirada, sus manos incendiadas, y entierra un gallo vivo hasta las alas,
para decapitarlo con los ojos vendados y manchar con su sangre los muros del crepúsculo. Así tú viste el cielo abrazado a la tierra, en un grave misterio de rojo resplandor,
donde un jinete enlaza el toro de la muerte. Y fuiste interrogando en silencio los días,
y una voz que salía del fuego de la tierra, te dijo: "Destruye tus venablos contra el sol, haz que tu cuerpo sangre sobre la roza oscura, y entrégate a las llamas que surgen de las huellas, de la pira que América enciende noche y día al pie de la visión abismal de sus héroes". XXI
Y siempre fue un nuevo regresar,
un lento aproximarse de la noche, un duro avanzar de la existencia,
un recobrarse a solas, un decirle a las sombras: "Esperad, esperad al hombre.No le rechacéis, guardadle bien, que es vuestro hijo...".
Suave lumbre de oro iluminaba tus tardes, y árboles redondos iban basta el confín,
hacia brumas azules con reflejos ardientes, hacia el confín del toro y la nube de fuego. Era la tierra roja, con peñas, con tardones, donde crece el tabaco
de blancas flores como pequeños cálices. Dos mujeres había, dos mujeres junto al pilón. Había brisa caliente y las dos pilaban con los mazos del pilón. Pilaban el maíz para el pan, como si tocaran un tambor, un gran tambor, en la tarde de tu inflamado corazón. Temblaban sus pechos al golpe del pilón, y la brisa removía sus negras y ondulantes cabelleras, y levantaba las flores de su falda y ellas reían, reían, entre los golpes del pilón, reían hasta la noche, donde los venados corren por un delirio de oro.
XXII
¿Habías visto, acaso, cómo ardía la soledad de tu sangre,
en medio del ancho mundo con océanos, llanuras y montañas? ¿Cuál era tu angustia, y tu afán y tu oscuro descontento?
¿No sabías, acaso, que deambulabas en tu propio drama, con tus harapos incendiados, huyendo a través de las sombras,
con tu boca, tus manos y tus sienes en el fuego, en la sombra, en la soledad, en la existencia, como aquel que se debate en su sueño anónimo y sombrío? Había una hora en las tabernas para ti,
junto al marinero, y al beodo, y al abandonado, y al triste, y junto a la prostituta
que lucha con su corazón y sus recuerdos, y quiebra copas contra los muros del mundo,
y ríe y canta, y ríe en la tristeza, y siempre ama con su extraño corazón.
Y había una hora a la sombra de un gran ceibo para ti. Y había una hora que no era de ningún sitio para ti.
Tú eras un hijo de la tierra, moviéndote en la tierra, en las ciudades,
en los campos, hundido en tus solitarios recuerdos, bajo los vientos que barren los anchos arenales del crepúsculo.
XXIII

Yo vengo de esa hora que soporta la tierra,
donde estaba tu vida contra los huracanes, frente a las puertas selladas ante las bocas mudas. ¿Acaso, lloraste a veces bajo la medianoche, cuando las estrellas te llevaban a tu cielo? ¿Acaso te arrepentías? ¡Ah, pero tus manos podían soportar toda tu soledady te daban el pan! Y entonces miraste en los ojos de los pobres, de los mendigos que guardan en los rincones de las ciudades.
¡Ah, los mendigos!... ¡Ellos, los mendigos!... Tan parecidos a los viejos muros y a los santos... XXIVDe todo tu andar de antiguo caminante,
de todo tu sufrir en desamparo, de soportar el peso del hacha o del saco,
de asistir al herido y repartir el pan, sólo te quedó una casa,
a cuya puerta escribiste algunas palabras de la Biblia. Aquella casa fue mi casa.
Mi casa pintada de cal, allá en mi aldea, escondida entre el café y el cacao.
Otras casas había, rojas, azules, verdes, amarillas, en mi aldea, que entre árboles
jugaba con niños y caballos. Había una plaza con cabras y almendrones de apacible sombra, y una iglesia de donde salía un Cristo, en una urna de cristal, cuando la Semana Santa. Yo nací en tu casa con palabras de la Biblia, y allí estabas callado, con tus libros,
junto a mi madre y a mis pequeños hermanos. Allí estaban tus noches,
todavía con las estrellas de otro mundo, y allí tu amorosa soledad, tu vida, tus recuerdos. Y allí estaba yo como una angustia para ti, y tu trabajo y el sudor de tu frente;
y el canto de los sapos en las sombras, y el tinajero en el corredor de la medianoche,
y las lluvias nocturnas que nos lanzaban a un oscuro amanecer. ¡Estábamos tan cerca de los árboles, del río y la montaña!...
Yo con mi alegría donde cantaba el cristofué, tú con tu vida dura, con golpes y nostalgias, de pie ante los días de mi infancia.
XXV
Están en ti mis orígenes, mis dioses, mis resinas, mis sueños.
En tu vida de ayer y en tu muerte de hoy, en el grave silencio que te guarda
en un bosque de flores de elevados tallos, en la penumbra de la música y las luciérnagas. Vas por comarcas de iluminadas grutas, de reflejos violetas y de truenos azules,
sin haber interrumpido la ascensión de tu ser, porque la muerte nos acoge en sus leyendas y en sus graves dominios de cerezos en flor.
Ella... Ella... La que nos devuelve la memoria doliente de la esposa, del hijo, del amigo, y acerca los perros a las tumbas,
y agita mariposas en torno a nuestra frente, y da suaves movimientos a los retratos en los aposentos.
Ella... Ella... La que tan ardorosamente ignoramos. ¿Cómo he de aguardarla yo en mi angustia? ¿Qué anuncian los coros que a veces oímos más allá de las arboledas vespertinas? ¿En cuál de nuestros oscuros sobresaltos ha estado junto a nosotros, mirándonos,
desde su ventana de frío e inolvidables pinos, como en un espejo de sufrimientos
y de hundido son de campanas, en ese momento en que nos miramos el rostro con indiferencia, con recuerdos, y pensamos en el pan de todos los días? Venimos de la noche y hacia la noche vamos.
Tú eres ya el habitante de los reflejos y los ecos, pero aún oigo tu voz y tu corazón y veo tu sonrisa
y tu barba blanca y tu mano fuerte. Tu mano, que un día, tuyo, y con palabras tuyas, de alguien se despedía desde un golfo perdido, en ese momento en que aprendías a estar solo, viendo los distantes navíos, los amantes en las playas,los pescadores moviendo sus barcas hacia las olas.
Eras el que sabía avanzar con su vida, entre las cosas que están aquí,
para el hombre, para el que vive, para el que se debate. Las cosas que están aquí sobre la tierra, y pasan junto a nosotros para habitar en la memoria y edificar nuestra existencia resonante.
Vienen de ti mi afán y mis palabras, y es tu sangre la que dice con mis labios:
hierro, pan, campana, frente, piedra, flor, caballo, casa, sartén, naranjo, césped vespertino, romero, yerba, clavo, cayena y astromelia. Y está aquí mi existencia con hijos en las horas, con hijos que me llaman en las horas, buscándose a sí mismos en las horas.
Y estoy aquí para llevarles pan,y andar por la ciudad con mi destino,
correr entre relojes con mi angustia, y contemplar los astros, y mirarme las uñas,
y gritar hacia adentro y hacia el mar, y hacia la noche, y hacia mi madre,
y hacia los grandes estremecimientos del mundo. Y estoy aquí buscando las respuestas de mi sangre, los signos solitarios que me hieren, mis huellas que me siguen en la tierra, mis huellas que vienen de tu vida, padre mío, padre de mi pesadumbre.
Y de mi poesía.
XXVI
Aquí donde el caballo le da un trono al mendigo
entre los tapices cárdenos de la tarde, aquí donde la hora sella labios malditos, levantando humaredas, viviendas fantasmales, aquí los gritos caen, las blasfemias, los llantos. ¿Queréis ser los arrepentidos? Aquí ni la palabra ni el gesto nos sostienen,
y los huesos encuentran su tenebroso espejo. Aquí sólo el misterio puede encender su lumbre y acoger nuestro fin con brillos de azucenas. Mirad aquí los cráneos,
las blancas calaveras que se enturbian, las frentes bajo los días de lluvia,
las frentes rodando, esperando las guitarras y la danza.Se apoyan a las piedras con su reír eterno.
Miradlas. Tan parecidas a vosotros. ¿Recordáis vuestro aposento,
vuestras oscuridades, vuestras monedas, vuestras manos ensangrentadas?
Miradlas con sus frentes de frío y de tiniebla. Bajo la noche.
Ellas nos esperan en el temblor de la sagrada sombra, ante el que pasa indiferente al lado del mendigo.
XXVII
Hijo desencadenado soy, furia reconquistada, ensoñación ante las puertas sagradas. El resplandor ha coronado mi frente,
y la cumbre derrama sus hielos bajo el sol. Oye mi soledad cuando te llamo desde los precipicios. Escucha las campanas siderales doblando sobre las aldeas crepusculares. XXVIII
Tú, que me lanzaste sobre la tierra y hacia la nada,
desde el círculo incendiado de tus experiencias, desde todas las puertas cerradas,
desde la calles perdidas, desde los perros que aúllan frente a los cadáveres,
desde los puertos que inflaman sus alcoholes en la noche, desde la pobreza que va huyendo por las callejuelas,
desde las mañanas, desde aquel cielo de samaritanas, desde aquellos cerezos temblorosos,a cuya sombra mi madre
esperó que yo viniese de ti como el sencillo regalo de un pobre; tú, junto a ella, levantas mi sombra en los valles de mi propio corazón.

XXIX
Arden puertas oscuras hacia el fondo de muros solitarios, hacia la escala antigua de Jacob. Resbalan las maderas, los metales, cayendo en las tinieblas como lenguas,
en la sangre que hierve, hacia rostros oscuros, y aquí, junto a mi alma,
se abren flores azules en medio al resplandor. Detrás están las llamas saliendo de la madera, detrás están los vientos de las constelaciones. Una espada, una espada, una espada que brilla derriba un árbol negro. Ahí va como un río el mármol por la noche,
y resuenan las voces de las almas que llegan al panteón nocturno.
XXX
Vamos hacia la noche y hacia la noche vamos.