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jueves, 4 de diciembre de 2008

Cuento de gallegos





Sorprenderá, seguramente, a nuestros lectores, saber que lo de los cuentos de gallegos no es cosa de hoy, ni de la última década y que está en las costumbres populares desde hace mucho tiempo.Siempre nos ha parecido que esa tendencia de endilgarle a estos hispánicos la paternidad de cuanto exabrupto o desaguisado ande por estas tierras de Dios es cosa a la par que exagerada, excesivamente injusta.Primero, porque no merece este laborioso pueblo el asedio permanente de todos.



Cada comarca tiene sus características propias, sus factores positivos o negativos, sus puntos claros u oscuros. Y los gallegos no son ni más ni menos que sus congéneres que en el mundo habitan, habiendo aportado a España valiosas muestras de su talento y creatividad.Galicia, con Sicilia y Provenza constituyeron uno de los núcleos iniciales del lirismo medieval.



Las cantigas galaicoportugesas que surgen desde Santiago de Compostela conforman uno de los más tempranos y valiosos aportes a la lírica peninsular.



Desde esa época, pasando por la legendaria Rosalía de Castro en las postrimerías del siglo anterior, hasta los valores nuevos de las letras gallegas, grande y significativo ha sido el aporte de este pueblo a la cultura universal.Era gallego, Don Ramón María del Valle Inclán y Montenegro que agregaba a su pomposo nombre, como símbolo de indiscutida distinción, ser "Señor de la Puebla del Caramiñal", un modesto vecindario de su Coruña natal.



Pero hay otros aspectos: Como una ironía, para desmentir toda esa fama de pueblo austero y sufrido, sin espacio para autocrítica ni predisposición para la sana alegría, es de señalar que buenos, pero muy buenos humoristas, de los mejores de Europa, son gallegos de pura cepa.



Y para muestra, no uno, dos botones:Julio Camba en quien la historia reconoce "vocación viajera y un inteligente y agudo sentido del humor" era oriundo de Villanueva de Arosa (Pontevedra). Este brillante escritor que hablaba inglés, francés, alemán, italiano, turco, griego y ruso, es autor de algunos títulos de antología dentro de la literatura humorística: "La rana viajera"; "Aventuras de una peseta"; "La casa de Lúculo", etc.Wenceslao Fernández Flores, de Cecebe (La Coruña) fue también un gran humorista.



Desde el año 1948, en el "A.B.C." de Madrid fue responsable de una columna deportiva titulada "De portería a portería" que los lectores aguardaban con la avidez de quien espera pan caliente.Dueño de una gracia excepcional para enfocar el juego del fútbol a través de la crónica periodística, fue creador de un término desconocido: el vicegol incorporado desde entonces a la jerga del popular deporte.Ubicándonos en Canelones y en relación con esta literatura de cuentos gallegos, vaya esta muestra extraída de un gracioso relato que Don Rómulo F. Rossi publicara hace más de cincuenta años, ("Nuevos Rumbos"; 18 de enero de 1936) bajo el título de "Tanto dá Chana, que Juana".



Es de hacer notar que Don Rómulo F. Rossi que incursionara con éxito en el campo de la narrativa, fue el segundo Intendente Municipal de Canelones, actuando desde 1911 a 1916.Don Rogelio Ribeiro, gallego de pura cepa, honradote, trabajador, guapo, sórdido en sus gastos y terco como una mula" se desempeñaba como pescador en las proximidades de la Isla de Flores. Cuando sus colegas lograron convencerles -¡¡tarea nada fácil!!- que debería sustituir sus remadas a brazo limpio, por los servicios de un potente motor marino, se presentó ante la Prefectura para registrar el cambio.Concluido el trámite el funcionario actuante le preguntó si quería cambiar el viejo nombre de la embarcación ("Flor de Vigo") por otro.



El gallego Ribeiro le contestó que sí, que en adelante su barcaza se llamaría de otra forma. "Si hasta ahora he remado yo -expuso- de hoy en más se llamará :" Que reme Cristo"Se opuso el funcionario argumentando que esto constituía, además de un nombre totalmente inadecuado, un insulto y una irreverencia para la fe cristiana.



Desconsolado volvió Ribeiro con sus compañeros y aseguró que en tres días se saldría con la suya.Se hizo una apuesta por la vuelta de copas para todo el mundo. Cuando el personaje volvió a la Prefectura inscribió su embarcación con el sugestivo nombre de "Remedios".



El empleado aceptó complacido pensando que el gallego rendía homenaje a alguna mujer de ese nombre que allá en la galaica aldea, con su hermosura y donaire, habíale robado sus sueños. Los compañeros le demandaron el pago de la prenda.



Por el contrario Rogelio Ribeiro dijo que había salido con la suya y que eran ellos quienes debería pagar:·"¿Qué nombre quise ponerle antes?" ·"Que reme Cristo", dijeron sus amigos. ·"¿Qué nombre tiene ahora?". ·"Remedios", le contestaron. ·"Que reme Cristo" o "Reme Dios" lo mismo da. ¿Estamos?

martes, 5 de agosto de 2008

El buscón don Pablos


El autorFrancisco de Quevedo

Madrileño de padres cortesanos. Estudió en Madrid, Ocaña, Alcalá de Henares y Valladolid. A partir de 1600, Quevedo comienza a ser conocido por su vocación literaria y por su carácter inquieto, incluso abiertamente intrigante, lo que le llevó a participar en diversas conspiraciones políticas. Logró la amistad del duque de Osuna y la de otros aristócratas, sin faltarle tampoco enemistades de importantes personalidades de la corte. Su vida alternó ascensos sociales, arrestos, destierros y procesos judiciales. Vivió la muerte de Felipe III y el reinado de Felipe IV, del que llegó a ser secretario. Se le reconoce una personalidad compleja y extraordinaria que, antes de frenar su creación literaria, impulsó la producción de textos de muy diversa intención y estilo. Fue un hombre culto, intelectual de gran profundidad, agudo e irónico, lo que no le impidió conseguir una obra de indudable calidad lírica.
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Argumento

Pablos, hijo de padres delicuentes, es pronto cedido al servicio de su primer amo. Tras padecer hambre y privación en casa del licenciado Cabra, viaja a Alcalá como criado del joven Diego Coronel. La penuria de su vida lo incita a robar, transformándolo en pícaro. Su tío, el verdugo de Segovia, le escribe para comunicarle la muerte de su padre, ahorcado por la justicia. Pablos gana un dinero como herencia; pero tendrá que valerle para librarse de la cárcel en Madrid, donde trata con falsos mendigos y ladrones. En Sevilla vive del juego, haciendo trampas y engaños. Los graves delitos de su descarriada vida le obligan a marchar a América.
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Comentario de la obra

La única novela de Quevedo sigue la norma literaria marcada por el “Lazarillo” y el “Guzmán de Alfarache: narración en primera persona, realismo y crítica; aunque Quevedo no apunta en esta ocasión contra la sociedad, sino contra el propio personaje y aquellos que representa. Se percibe en el fondo de la novela una despiadada burla hacia los que, provenientes de la más baja condición social, pretenden auparse hasta posiciones acomodadas, mejorando su estado sin ganar mejor moral o costumbre. No sucederá así, y Pablos, finalmente, habrá de marcharse a América, con lo que Quevedo condena al fracaso a su propio personaje y niega cualquier posibilidad a sus aspiraciones de progreso. El lenguaje de la obra se llena de una intención burlesca y satírica; no faltan vulgarismos y episodios degradantes que inciden en la pretensión de Quevedo: humillar la calidad de los falsos caballeros y de todos los que medran en la sociedad sin valía ni conciencia.


Pequeños fragmentos


Libro I. Capítulo I
Decíame mi padre: Hijo, esto de ser ladrón no es arte mecánica sino liberal. Y de allí a un rato, habiendo suspirado, decía de manos: Quien no hurta en el mundo, no vive.

Libro II. Capítulo II

Con esto caminé más de una legua que no topé persona. Iba yo entre mí pensando en las muchas dificultades que tenía para profesar honra y virtud, pues había menester tapar primero la poca de mis padres, y luego tener tanta que me desconociesen por ella.

Libro III. Capítulo VI


Yo, que me vi corrido y afrentado, y que ya me iban dando en la flor de lo rico, comencé a trazar de salirme de casa; y para no pagar comida, cama ni posada, que montaba algunos reales, y sacar mi hato libre, traté con un licenciado Brandalagas, natural de Hornillos, y con otros dos amigos suyos, que me viniesen una noche a prender. Llegaron la señalada y requirieron a la güéspeda que venían de parte del Santo Oficio y que convenía secreto. Temblaron todas, por lo que yo me había hecho nigromántico con ellas. Al sacarme a mí callaron; pero al ver sacar el hato pidieron embargo por la deuda, y respondieron que eran bienes de la Inquisición. Con esto no histó alma terrena.